Durante 28 días rodamos por Bolivia, un país con bellos horizontes y gente amable. Valles, montañas, desiertos y salares. En este tiempo, el país se desbocó en una profunda crisis política y social que tradujo en paros y bloqueos que por poco nos atrapa. Es definitivo que volveremos a este país a jugar con las bicicletas, varios caminos quedan pendientes y muchos amigos por visitar.

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Durante 28 días rodamos por Bolivia, un país con bellos horizontes y gente amable. Valles, montañas, desiertos y salares. En este tiempo, el país se desbocó en una profunda crisis política y social que tradujo en paros y bloqueos que por poco nos atrapa. Es definitivo que volveremos a este país a jugar con las bicicletas, varios caminos quedan pendientes y muchos amigos por visitar.

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Retomamos nuestro camino desde Sorata el Lunes 21 de Octubre, día siguiente a los comicios electorales que a la postre sumirían a Bolivia en una crisis social y política de grandes ligas. En la tarde del domingo, mientras acomodábamos los aperos sobre nuestros caballos de acero 4130, el gobierno emitió el último boletín oficial del conteo de votos a eso de las 18 horas. El escrutinio casi total de los sufragios preveía una segunda vuelta entre el vigente presidente y aspirante a su cuarto período legislativo, Evo Morales y el opositor Carlos Mesa quien ya había ejercido en el máximo despacho del Palacio Quemado entre 2003 y 2005.

A la vez que dejábamos atrás la Casa Reggae, donde nos habíamos repuesto por varios días, ya se empezaban a oír testimonios sobre fraude durante el ejercicio democrático y aparecían en las redes sociales videos de camiones entrando y saliendo, de urnas entrando y saliendo, de fulanos entrando y saliendo… y oficialmente la registraduría no se manifestaba, argumentando la espera de votos provenientes del campo donde supuestamente radicaba la fuerza política de Morales.

Ajeno a esta circunstancia, el puerto que despide Sorata se encontraba inmutable con sus 30 kilómetros de ascenso. Exhaustos y hasta pajareados coronamos el alto desde donde ya podíamos divisar el altiplano boliviano sin más dificultades en el horizonte. Luego de una última mirada al majestuoso Illampu nos enfocamos en la tarea de atravesar Bolivia con dirección al sur-occidente hacia el parque nacional Sajama. Mientras reponíamos la energía con sorbos de Coca Quina, la versión boliviana de la Coca Cola, un jeep que paso en frente de la tienda nos saludaba efusivamente; era Sebastián el dueño del hostal de quien no habíamos podido despedirnos en la mañana, un tipo camellador y amable y con quien hicimos buenas migas.

El tránsito de la grupeta discurría por la vía principal que lleva a La Paz, la cual está llena de pueblos y asentamientos que viven, literalmente, de su nexo con la capital. Esta zona se conoce como El Alto y su población es hoy día mayor que La Paz. Al día siguiente en un pueblo llamado Batallas el guarismo oficial del viaje registraba el kilómetro mil, a la vez que tomábamos un desvío a la derecha para internarnos nuevamente en nuestras queridas carreteras destapadas. El asfalto en verdad que no nos favorece ni nos hace mucha gracia; el tráfico de vehículos ya nos incomoda, las llantas anchas que calzamos se consumen más rápido en el pavimento, y especialmente porque coger el ritmo de pedaleo es complicado, pues la relación de dientes de platos y piñones es lenta, pensada para halar bicicletas pesadas cuesta arriba y no para adquirir velocidad. A ese rutero que llevamos por ahí dentro hay que reprimirlo, sino terminamos ejecutando cadencias muy altas que resultan incómodas.

Por los próximos 5 días recorrimos itinerarios muy similares, jornadas largas del orden del centenar de kilómetros con desniveles virtualmente inexistentes; 400, 500 metros ocultos entre repechos y rampas. En cambio el paisaje de la meseta altiplánica si resultaba nuevo para nuestros ojos; pampas, llanos y planicies cortadas por suaves y finas colinas adornadas por construcciones de piedra: casas, cercas, corrales y restos de iglesitas que evocan el esfuerzo en vano de los colonizadores de turno por someter al pueblo con su religión. Los Aymaras son gente templada y son de los pocos pueblos que no lograron ser colonizados, hoy sus costumbres, trajes e idiomas permanecen intactos. A esta sección le llamamos las Clásicas de Primavera, evocando al calendario UCI de los ciclistas profesionales y hasta nos atrevimos a bautizar algunas etapas como la París – Roubaix, y el Tour de Flandes del Bikepacking.

Una de esas tardes llegamos al pueblo de Cañaviri y siguiendo las indicaciones de los lugareños terminamos buscando asilo en la escuela. El profe Julio nos recibió y nos abrió el salón múltiple donde aún quedaba el testimonio de un reciente baile de graduación, tendimos aislantes y sleeping y pasamos la noche entre serpentinas colgantes y un vaho de cerveza derramada en el piso. La fiesta tuvo que haber estado buena. Al día siguiente el inicio de clases se vio retrasada por la presencia de los Rodadores, fue bonito compartir con los chicos de la Institución Educativa Cañaviri, nos sacamos selfies y algunos colegiales se dieron una vuelta en nuestras “motos”.

Enrutados hacia el occidente y guiados por la imponente cima nevada del volcán Sajama, el techo de Bolivia con sus 6.542 metros de altura, en un cruce de caminos nos encontramos con dos viajeros de quienes sabíamos hacía tiempo y de quienes habíamos obtenido información técnica y por supuesto inspiración para este proyecto. Hana Black y Mark Watson son una pareja de neozelandeses que llevan tres años y medio viajando desde Alaska, manteniendo un estilo de exploración y aventura de alto turmequé. En 2018 fueron galardonados como “adventurers of the year” por el portal Bikepacking.com y en su paso por Colombia trazaron una ruta extraordinaria. Para nosotros Mark y Hana son el estado del arte de este cuento del bikepacking y fue una gran alegría y honor conocerlos, con el paso de los días compartimos en la ruta, obtuvimos de ellos consejos invaluables y pronto tendremos en la página la entrevista que les realizamos días después en Uyuni.

Desde Sajama cruzamos a Chile por el paso de Chungara. La soberanía de los australes es contundente y adicional a una rigurosa inspección de nuestros bártulos con rayos x, se sumó una partida de ingreso de cada una de nuestras bicicletas; marca, color, peso y número de chasis. ¿Numero de chasis?. A los pocos kilómetros llegamos a la municipalidad de Putre, el contraste fue evidente, no sólo por la arquitectura, el acento de las personas y los enchufes de corriente, sino en la calidad de los servicios y los costos asociados. En un solo día en Chile nuestro gasto fue de 22 dólares mientras que el promedio diario de viaje era de 8. La idea era mercar en Putre para realizar la Ruta de las Vicuñas, un recorrido que atraviesa 3 parques nacionales y que vuelve a conectar con Bolivia, unos grados más al sur.

En las Vicuñas nos encontramos con otro paisaje diferente; extensos desiertos a gran altura donde ocasionalmente nos atacaban tormentas de arena. Empezábamos también a administrar y manejar con más cuidado el recurso hídrico, pues las temperaturas en el día eran muy altas y el aire muy seco, teníamos sed todo el tiempo y por las tardes aparecía una leve cefalea producto de la deshidratación. No habían asentamientos por lo cual prendimos el radar en busca de ríos y aljibes y le sacamos chispas al filtro de agua, ya que la presencia de animales y la escasa fluidez de los cauces suponían la existencia de microorganismos.

El hecho de estar en zonas de parques naturales nos dio mayor solvencia con la instalación de campamentos y poco a poco nos fuimos encariñando más a nuestro refugio de lona y palitroques. En una de las jornadas divisamos junto al Salar de Surire un puesto de carabineros donde nos acercamos en busca de agua, la cual terminó acompañada de ensalada, verdura, espaguetis y un delicioso pollo horneado. La rompieron los carabineros! y nos marchamos con la moral por el cielo y la panza satisfecha.

Esa noche llegamos a los Termales de Polloquere, las piscinas naturales más bonitas de Chile según dicen. Inmediatamente nos pusimos los cortos y nos dimos un baño en ese paradisíaco manantial y montamos campamento a sus orillas. Cuando notamos que el agua era escasa, aprecio un cuarteto de turistas checos con quienes empatizamos y además de agua nos brindaron cerveza y sangría, compartimos una fogata y estuvimos jugando a adivinar constelaciones en un cielo reventado de estrellas. Ese día el universo había conspirado a nuestro favor y habíamos recibido de nuestros semejantes bonitos gestos de apoyo.

El resto de la ruta fue trámite, sorteando una que otra trampa de arena. A la verja del camino se encontraban ruinas de iglesias jesuitas poseídas por el abandono y con rastros de basura y botellas rotas en su interior. Es sabido que esta es una zona de contrabando entre Bolivia y Chile y estas construcciones sirven de escondite para los “coyotes”. No nos dejaba de dar algún escalofrío pero en términos generales todo fluía en armonía. Cuando estábamos por terminar la Ruta de las Vicuñas llegamos a la localidad de Enquelga y notamos que el pueblo estaba vacío pues todos los habitantes conmemoraban el día de los muertos y estaban ofreciendo una fiesta en el cementerio. Mario y Jose Román se acercaron a pedir indicaciones y regresaron con el permiso para acampar en el puesto de salud y una cerveza cristal en sus manos. Esa noche Isabel, la enfermera del pueblo, nos cocino un delicioso ponqué al que llaman keke (del inglés cake).

Al día siguiente regresamos a Bolivia y ahora nuestra misión era cruzar los salares de Coipasa y Uyuni donde teníamos prevista la siguiente gran meta volante la cual sugería descanso y bohemia. Aunque previo a nuestra partida habíamos auscultado una gran cantidad de mapas y caminos, y teníamos una ruta casi que definida, habíamos descubierto en el Cusco una herramienta que hoy día es casi un oráculo para nosotros: la aplicación de mapas y navegación Osmand. Pegados de este recurso trazamos un camino de 200 kilómetros que en su primera noche nos ofreció un campamento al que bautizamos “El Paraíso”, una pequeña planada rodeada de grandes rocas donde pudimos avistar un atardecer rosado que se escondía detrás del Salar de Coipasa. Con las últimas luces Hana y Mark llegaron al campamento, compartimos el reducido espacio de la cocina y unas bebidas calientes con galletas. Cruzar este Salar resultó demandante pues las colinas del rededor irrigan humedad y el terreno parece más bien una limonada frapé. Nuestras ropas, bicicletas y las maletas se curtieron de sal, un fenómeno temido para los rodamientos y los componentes mecánicos.

En nuestro tránsito pasamos por algunos pueblos que alcanzan a percibir algo de turismo y por ende disponen de modestos servicios y pudimos almorzar, conseguir víveres y vino tinto para pasar nuestra ansiada noche en el salar. La noche del 5 de noviembre levantamos campamento sobre el salar más grande de la tierra; el Salar de Uyuni, un retazo del universo donde en 360 grados a la redonda no se divisaba nada más que un paisaje blanco, la inmensidad de la naturaleza era complementada con el cielo más estrellado que hemos visto en la vida, por momentos creíamos que la vía láctea se iba a caer sobre nosotros. Un momento que añorabamos desde la planeación del viaje meses atrás.

En Uyuni atracamos en la Casa Ciclista Pingüi, un espacio reservado sólo para viajeros en bicicleta, que de manera voluntaria aportan para su manutención. Con pesos, con arte, con trabajo, con polas, con compañía y buena vibra. Es un territorio blanco, comunitario y noble, un gran ejemplo de sociedad que escapa a cualquier definición o postura política, donde simplemente nos reunimos cicloviajeros a compartir sobre nuestras experiencias. Con esto queremos agradecer a Macarena, mamá Myriam y al viejo Máx por todas sus atenciones y buena voluntad.

A manera de celebración por el culmen de nuestra segunda temporada fuimos en búsqueda de pizza y cervezas. En la televisión del restaurante nos dábamos cuenta que la crisis en Bolivia había cobrado otras dimensiones. Evo ya se encontraba asilado en México, la policía nacional se había declarado en contra del estado y millones de manifestantes habían incendiado edificios del gobierno y se encontraban bloqueando las principales vías del País. Se suponía que las protestas no tendrían mucho asidero en Potosí, el departamento en el que estábamos, pues una de las reformas bandera de Morales fue la nacionalización de los recursos como el gas, el litio y la plata y por lo tanto este departamento minero recibe grandes regalías. Sin embargo prendimos la alarma y nos quedó claro que teníamos que salir lo más pronto posible del Estado Plurinacional. Pero antes de eso nos esperaban unos días de descanso, de trabajo mecánico a las bicicletas, lavado de ropas y de vida social antes de montarnos en nuestra tercera temporada rumbo a la Argentina.