“Aquí la tierra es dura y estéril; el cielo está más cerca que en ninguna otra parte y es azul yvacío. No llueve, pero cuando el cielo ruge, su voz es aterradora, implacable, colérica. Sobre esta tierra, en donde es penoso respirar, la gente depende de muchos dioses. Ya no hay aquí hombres extraordinarios y seguramente nunca los habrá jamás. Ahora uno se parece a otro como dos hojas de un mismo árbol y el paisaje es igual al hombre, todo se confunde y va muriendo” Fuego en Casabindo, Héctor Tizón.

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“Aquí la tierra es dura y estéril; el cielo está más cerca que en ninguna otra parte y es azul y vacío. No llueve, pero cuando el cielo ruge, su voz es aterradora, implacable, colérica. Sobre esta tierra, en donde es penoso respirar, la gente depende de muchos dioses. Ya no hay aquí hombres extraordinarios y seguramente nunca los habrá jamás. Ahora uno se parece a otro como dos hojas de un mismo árbol y el paisaje es igual al hombre, todo se confunde y va muriendo” Fuego en Casabindo, Héctor Tizón.

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La Puna de Atacama es el remanso más solitario, árido y remoto de la Cordillera de Los Andes. Es un lugar salvaje donde la inmensidad de las montañas, separadas entre sí por desiertos de arena y de sal, se mecen con fuertes ventarrones bajo un cielo azul diáfano formando un paisaje profundo, ocre, interminable y a veces angustiante. La Ruta de los Seismiles es el sueño, y a la vez la pesadilla, de todo ciclista de aventura. Es un itinerario que demanda todo el poder del cuerpo y toda la madurez de la cabeza. La planificación de cada gramo de equipaje y provisiones debe ser meticulosa y la autonomía en las destrezas debe ser contundente. En esta tundra altiplánica el agua aparece cada tercer día y es necesario recargar del orden de 15 litros, siendo preciso respetar religiosamente las porciones y jornadas previamente pactadas. La recompensa de superar la Ruta de los Seismiles es difícil de explicar, pero tiene que ver con experimentar sentimientos de grandeza espiritual al peregrinar por los volcanes más altos de la tierra, rodar por los paisajes más agrestes y hermosos que hayamos visto, y establecer nuevos paradigmas frente a nuestras capacidades y umbral de sufrimiento.

La Ruta de los Seismiles, llamada así porque discurre por un laberinto entre incontables picos de montaña y volcanes de más de seis mil metros de altura, había motivado la visión y la infraestructura de este viaje. Absolutamente todos los días habíamos mencionado su nombre, sobre todo para quebrantar alguna indulgencia pasajera y no perdonarnos flaquezas efímeras. La mayoría del equipo fue adquirido para esta sección del camino, en especial las bicicletas diseñadas para calzar ruedas de 3 pulgadas que tienen mejores prestaciones sobre la arena, y un ajuar de bolsas secas y botellas amarradas con correas a las parrilla y al cuadro de las bicicleta.

Si bien la ruta empieza en San Pedro de Atacama, Chile, nuestro camino nos había puesto en la vertiente oriental de la Cordillera, al otro lado de Los Andes, en San Antonio de Los Cobres. Desde allí pudimos trazar una línea que empataba la ruta en La Mina La Casualidad, la cual se encuentra sobre el 40% del trazado original, a 5 días de camino. En Los Cobres tomamos la decisión de bajar a la ciudad de Salta para buscar algunos repuestos, comida de cocción rápida y realizar diligencias de escritorio. Nos tomamos una semana para descansar el cuerpo, hacer mantenimiento a las bicicletas y planificar meticulosamente cada una de las etapas y de las raciones de comida. Alistamos un menú de 2.500 calorías diarias basados principalmente en pasta, avena, puré de papas, dulce de leche y polenta. Adicionalmente cada Rodador llevaba frutos secos, galletas y chocolates para comer durante el día. Partimos de Los Cobres cargados con comida para 15 días; 10 para la ruta propiamente y 5 para la aproximación hasta La Casualidad, pues para los primeros días sólo se divisaba la municipalidad de Tolar Grande donde no teníamos expectativas de encontrar muchos recursos.

El prólogo remontando la pre cordillera hacia Tolar fue duro. Los pasos de montaña se ubicaban sobre los 4.500 metros de altura y la pendiente del camino era fuerte. Como nunca habíamos manejado las bicicletas con tanta carga, no podíamos exigirnos prisa en los descensos y todas las maniobras debíamos realizarlas con sumo cuidado. Fueron 4 días de pedal con muy buenas sensaciones. Luego de visitar el Salar de Pocitos y el Desierto del Diablo llegamos a Tolar Grande, un punto de referencia en la puna argentina. Nos sorprendimos al ver una comunidad muy bien cuidada y erigida, posiblemente a causa del nuevo auge minero de la región, que en este caso viene acompañado con una oferta de servicios y recursos. Las referencias que teníamos eran menos prometedoras. Arribamos en plena celebración de la fiesta de la Virgen del Valle y la maestra Teresita, que nos arropo como si fuéramos sus hijos, nos abrió un lugar en un salón de la escuela donde nos acomodamos por una noche. Al día siguiente no teníamos permitido continuar el camino sin participar del almuerzo comunitario en honor a la Virgen, así que a “regañadientes” nos comimos un suculento asado y dos botellas de vino tinto. Pasado el medio día ensillamos las bicicletas, completamente saciados de comida y bebida, con la misión de cruzar el Salar de Arizaro, el más grande de Argentina. La naturaleza castigaba nuestra modorra con fuertes vientos de frente que hacían imposible pedalear por momentos, un atardecer de tonos magenta muy frío hacía las veces de telonero antes de treparnos al escenario principal.

Arribamos en la en la Mina de la Casualidad luego de una subida de unos 40 kilómetros, aunque el trecho no representaba gran dificultad nuestras pulsaciones estaban por los cielos producto de la emoción y la ansiedad de adentrarnos la mítica Puna de Atacama. La Mina de a La Casualidad, que por los años de 1950 fuera la principal productora de azufre en América del Sur y que llegó a tener 3.000 habitantes, fue abandonada en 1977 y desde entonces saqueada hasta nuestros días. Hoy quedan en pie los cimientos de las construcciones desprovistas de puertas, ventanas, techos, tuberías y cualquier material que tenga algún valor así sea en el mercado de la chatarra. En las paredes rezan grafitis con consignas que claman por el recuerdo del pueblo minero que alguna vez existió, los cuales cobran mayor fuerza cuando se respira el olor tenue a azufre que arrulla a La Casualidad. La iglesia es quizás el predio más respetado y sirve como refugio para los ciclistas que se aventuran por estas tierras. La imagen del altar con la Virgen del Valle, un Cristo dibujado con carboncillo, y la bandera albiceleste colgada, está en la memoria de todos los viajeros, pues La Casualidad es un punto de referencia muy importante dentro de navegación de la ruta. A manera de amuleto de la buena suerte y de ofrenda ante los poderes del más allá, entramos en el templo, cada uno oro en su silencio y bajo sus convicciones, Diego se arrancó de su escapulario una imagen de la Virgen del Carmen, patrona de los volantistas, y la ofreció junto a las demás imágenes de santidades latinoamericanas que reposan en el altar.

Una rampa de arena que despide a La Casualidad y que lleva a un alto collado nos daba la bienvenida a la ruta de los Seismiles. Desde allí divisamos el horizonte más infinito que hubiéramos visto, una montaña gris, otra roja, otra amarilla, con salares y desiertos de por medio, y una liniecita tenue que dictaba nuestro rumbo hacia la soledad. Algunos soltamos lágrimas a causa de la emoción y los sentimientos encarnados, pues habíamos soñado por mucho tiempo con este momento, y ante tantas visicutudes y vueltas que da la vida, ahí estábamos los cinco, con las botas bien puestas, y con miles de razones y motivos para ir adelante. En esta etapa teníamos previsto alcanzar a la grupeta de Hana Black y Mark Watson, figuras del estado del arte del bikepacking, que junto al germano Félix Blas integraban la tripleta internacional de los Seismiles. Nos reunimos en el campamento, junto a un farallón de roca arenisca con una plataforma de arena que hacía de balcón frente a un pequeño vallecito. Quien diría que en uno de los lugares más solitarios del globo, íbamos a ser ocho los que compartiendo los mismos ideales nos encontraríamos jugando a los viajes en bicicleta aquel diciembre de 2019.

Rodar en la Puna es una asunto que no tiene comparación con ninguna otra experiencia, solo allí se sabe lo duro y especial que es. A pesar de que existe una huella de caminos mineros abandonados, estos son interrumpidos por valles y colinas de arena donde casi siempre hay que empujar la bicicleta. La altura promedio es de 4.200 metros donde sí o sí el oxígeno escasea y las noches son gélidas, el agua se consigue cada tercer día y no es precisamente abundante ni fresca. Durante el día la temperatura alcanza los 36 grados y por las noches baja hasta – 8, el comportamiento del viento es errático, impredecible y agresivo, unas veces a favor y otras en contra. Las sensaciones de soledad e inmensidad son magníficas; los cielos son de azul profundo y las noches reventadas de estrellas. Es cómo estar en otro planeta.
La ruta empezaba a mostrarnos esos escollos que le dan su reputación, la segunda etapa de La Ruta nos recibió con una montaña de arena indescifrable en la cual empujamos la bicicleta al menos dos horas. Al día siguiente el paso del volcán Antofalla se ponía sobre los cinco mil metros por un camino muy rocoso difícil de pedalear, y varias secciones de desierto crudo nos separaban del lugar de campamento. No hay una tregua diferente en los Seismiles que darle pedal todo el día, frisando los umbrales de aguante corporal y mental, y ejecutando todas las tareas del día con orden y disciplina. De pronto, la configuración mental de los Seismiles se convierte en una especie de un alter ego; el cual fue puesto en un lugar con una misión y por lo tanto hace todo lo correcto y necesario para cumplirla.

Al quinto día llegamos a la casa de la Familia Brea, la única dinastía que ha vivido en la Puna de Atacama. Doña Inés es la única que habita de manera permanente en la Vega, como se les llama a los pequeños oasis de la Puna. Su esposo llegó a esta tierra cuando todavía era un niño y murió hace un par de años. Sus ocho hijos se fueron a la ciudad, los que viven cerca en Antofagasta de la Sierra la visitan un par de veces al mes. Ese día dos de los hijos, Vilo y Patricio, estaban de paso y les sorprendió que fuéramos unos hermanos sudacas los que arribáramos a su casa, pues todos los que habían llegado rodando bicicletas venían de otros continentes. Nuestra cultura cercana y la lengua en común nos brindó confianza mutua y conversamos ampliamente, satisfaciendo sobre todo su curiosidad frente a nuestros motivos de pedalear por esas tierras tan apartadas. A los pocos minutos Vilo apareció con carne de cordero y cerveza y nos brindó un delicioso asado, podíamos ver en sus ojos la satisfacción y buena voluntad de atendernos. A la mañana siguiente, Doña Inés, quien siempre se quitaba el sombrero antes de dirigirnos la palabra como un acto de sumo respeto, nos dejó claro en su rústico castellano que todo aquel que pase por su casa será siempre bienvenido porque sabe que viene sufriendo y porque esa es una de las formas de honrar la memoria de su esposo quien siempre fue un hombre generoso. La visita a Vega de los Brea significó una revelación para nosotros, ese chorrito de agua en mitad del desierto significa vida, la vida de Doña Inés criando a nueve hijos a punta de un rebaño de llamas yovejas, a lomo de mula, en la soledad inmensa del desierto. Doña Inés es uno de los seres humano más recios que hemos conocido en la vida, nos inspiró, nos cautivo, y esperamos haber aprendido algo de su carácter.

Reconfortados salimos a “full gas” de la Vega de los Brea hasta encontrar un salar sobre el cual habíamos sido advertidos por otros viajeros. “The Boulevard of Broken Culo”, como se le denomina a esta sección de 30 km, hizo honor a su procaz renombre a la vez que los infinitos resaltos y huecos destrozaron nuestras posaderas y tuvimos que buscar campamento antes de lo pronosticado. Literalmente no pudimos continuar debido al dolor de culo. Ese día hizo un calor infernal. Esa noche el viento azotó el campamento y levantó tormentas de arena que parecían humaredas. Hana, Mark y Félix si habían cumplido con su itinerario pero con el viento tan fuerte solo pudieron armar campamento hasta las nueve de la noche. Aunque cada equipo rodaba bajo su propia estrategia y recursos, las jornadas habían sido planeadas de manera similar y compartimos bonitos momentos en los campamentos donde pudimos conocer más de nuestras vidas y estrechar fuertes lazos de amistad. Así mismo ganábamos confianza en nuestras decisiones y logística al ver que manteníamos un ritmo y progreso similar al de los internacionales. Hana y Mark vienen rodando desde Alaska y Félix desde California, así que tienen mucha más experiencia y criterio que nosotros.

Para el día siguiente se avistaba la etapa reina y empezábamos en desventaja, con 15 kilómetros al debe. El Boulevard nos había destrozado, y amparados en el instinto de supervivencia nos habíamos excedido en el consumo de agua, pero teníamos una chance de salvar los papeles. Sabíamos de una fuente a dos kilómetros fuera de la línea de ruta, lo cual supuso un esfuerzo de más pero a cambio de agua, de agua! Con los bidones repuestos y algunos minutos a favor, trepamos a buen ritmo un amable puertecillo para luego sumergirnos en la sección conocida como “The Funnel” o El Embudo. Esta piscina de 5 kilómetros de arena suelta y caliente ha sido lo más difícil de todo el viaje. Las bicicletas se enterraban tanto que no era posible moverlas y por momentos tuvimos que ayudarnos entre todos e ir salvándonos de a uno en uno. El calor fue otra vez infernal, estuvimos muy agobiados. De repente, cuando coronamos por fin el “funnel”, avistamos una laguna de color verde esmeralda que se extendía en la profundidad hasta las faldas del fantástico volcán Peinado y las nubes blancas parecían dibujadas con un pincel. Con el silencio llenando un paisaje infinito y ante esa bella expresión de la naturaleza, la sonrisa regresaba a nuestros rictus, y un camino afirmado en descenso nos invitaba a ser uno con el universo. Esos momentos mágicos son los que le dan sentido a nuestras decisiones, y nos siguen enseñando que las grandes cosas de la vida cuestan y que si se quieren conseguir es necesario esforzarse con honestidad y convicción.

Salir del valle del volcán Peinado, adornado por posos prístinos de agua termal y extensos flujos de lava, se visualizaba como la última gran dificultad así que decidimos atacar de frente. Cocinamos el desayuno la noche anterior y madrugamos más de lo normal, así pudimos ahorrar tiempo y coronamos el último paso de cinco mil metros pasado el medio día. En el descenso nos fuimos destilando adrenalina, con la mala suerte de rajar una de las cubiertas y someternos por horas a improvisar remiendos con parches, pegamento e hilo y aguja. Por fortuna teníamos tiempo a favor y llegamos temprano al campamento sobre el Lago Parullos donde Hana, Mark y Félix disfrutan de una siesta envidiable. Ya en ese punto podría decirse que estábamos al otro lado y que habíamos salvado la papeleta. Los últimos tres días en los Seismiles fueron de relajo, la comida ingerida y la gasolina quemada habían aligerado la carga, los hitos de mayor dificultad ya habían sido superados, a las malas nos habíamos hecho más fuertes, y el mapa señalaba un camino en descenso contundente hasta los 1.500 metros de altura en Fiambalá. Cruzamos por la mitad del cráter del Volcán Cerro Blanco y continuamos hacia las termales de Los Baños donde nos dimos un chapuzón hasta las altas horas acompañados de las estrellas y reflexionando desde la “comodidad” acerca de los días que recién habían pasado. Al día siguiente la carretera se confundía con el cauce del río y pedaleamos dentro del agua por mucho tiempo. Fue muy divertido rodar por el cauce el cual llegaba casi a cubrir las ruedas, de manera impensable las bicicletas se abrían paso sin ningún inconveniente, como unos buques de guerra. Al final del día llegamos cansados y mojados al pueblito de Palo Blanco donde nos instalamos a tomar cerveza y comer pan de navidad hasta que los mosquitos nos obligaron a ser diligentes con la búsqueda de campamento.

La última etapa era una especie de paseo triunfal sobre una alfombra de 40 kilómetros de pavimento con pendiente a favor. Rodamos en grupeta compartiendo las últimas golosinas que habían escapado a nuestra rapaz hambre de montaña, y hablando de la vida y del futuro. Estábamos muy emocionados y alegres, pues para todo ciclista de aventura, sin importar su condición, la ruta de los Seismiles es una gran pluma para su sombrero y una historia decorosa que se recordará toda la vida y que alimentará la fe en sí mismo. Llegamos a Fiambalá 15 días después de haber salido de San Antonio de los Cobres, luego de 770 km de autonomía y trabajo duro. Nos felicitamos mutuamente con abrazos y elogios, sacamos la foto oficial para el recuerdo y fuimos por un almuerzo poderoso con mucha cerveza roja. En Fiambalá, pueblo de vientos en lengua Diaguita, nos apostamos por cuatro días en el Camping El Paraíso y tratamos de descansar el cuerpo luego de tal insulto, pero no contábamos con el insoportable calor de verano y con las nubes de mosquitos que asediaban nuestra humanidad. Así las cosas, decidimos apurar el cronograma y partir, o más bien escapar, hacia la “otra mitad de la gloria”, La Ruta de los Seismiles Sur.

Desde MonteAdentro agradecemos de manera profunda y especial a la señorita Natalia Ramos quien, a través de un pago electrónico, nos invitó a una cena para celebrar el culmen del circuito de los Seismiles. Gracias Nata, salud!