Arrancar siempre es lo mas difícil” dicen aquellos que emprenden un camino o proyecto. La inexperiencia, la mente aún puesta en nuestra vida pasada y el insulto sobre nuestros músculos hicieron que entrar en la sintonía del bikepacking andino fuera complicado. Pero cuando se tienen grandes ilusiones, a estas fases iniciales suceden descubrimientos en nosotros mismos, y depronto nos encontramos en lugares y condiciones que habíamos soñado por años. 900 km y la primera frontera al pedal.

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Arrancar siempre es lo mas difícil” dicen aquellos que emprenden un camino o proyecto. La inexperiencia, la mente aún puesta en nuestra vida pasada y el insulto sobre nuestros músculos hicieron que entrar en la sintonía del bikepacking andino fuera complicado. Pero cuando se tienen grandes ilusiones, a estas fases iniciales suceden descubrimientos en nosotros mismos, y depronto nos encontramos en lugares y condiciones que habíamos soñado por años. 900 km y la primera frontera al pedal.

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Los rayos de sol que sobreviven a las curtidas ventanas del tercer piso del Hospedaje Montecarlo, en el afable pueblito de Acomayo, despiertan a los rodadores para su tercer día sobre los pedales. Arrancar ha resultado difícil; no es la carga muscular, ni la falta de oxígeno, ni la evidente inexperiencia en esto del ciclismo de aventura, sino la actitud. Asumir quienes somos ahora y lo que estamos haciendo. Toda la vida ha pasado como nos haya pasado y depronto estamos lejos de casa, sobre una bicicleta que nos resulta rara de manejar, cargando maletas que aún no sabemos amarrar bien y suponiendo que vamos a rodar 10.000 kilómetos por sudamerica… Hasta mirarnos entre nosotros resulta extraño… de cuando acá nosotros en estas, con estas pintas, con esta parafernalia de colgandejos… de cuando acá, como diría mi Dr. Godofredo Cínico Caspa.

Mientras nos alistamos, el dueño del hospedaje exclama “cinco a cero” cuando se entera de nuestra nacionalidad, y terminamos en una agradable tertulia de balonpié criollo. Que Valderrama, que Higuita, que el nene Cubillas, que Nolberto Solano, que Asprilla, que Bernardo Redín, que Marquitos Coll. Es bonito hablar de esas cosas bonitas de nuestra Colombia. Acomayo nos ha tratado bien y para ese día se avistaba una jornada de asfalto o de “pista” como se refieren acá, más fácil y corta que los dos días anteriores, así las cosas, empezamos a entrar más en ritmo de viaje.

Cusco nos vio partir con unos 30 kilos de equipaje, cargados a full de agua y comida como si fueramos para la luna, y aunque esto no es Colombia donde hay una caseta con Pony Malta y Chochorramo cada 5 kilometros, los víveres son de fácil consecución y el consumo de agua no es tan exagerado, así que pronto empezamos a reírnos de nosotros mismos. La primera dificultad del viaje, el Abra Occoruro con sus 4.173 metros de elevacion, resultó como un garrotaso sobre nuestra humanidad, en especial para “el capi” Jose Pacheco quien, literalmente, se retorcía en el piso por el malestar y las nauseas causadas por la altura. Esa tarde llegamos a Rondocan, nuestro primer destino al kilometro 60, nos acomodamos en un hospedaje algo precario que solo disponía de una habitación en la cual cupimos o cupimos todos. A la mañana siguiente Dominic, un amiguito de cuatro años que vestía un gorrito de aviador, y que captó nuestra atención y cariño por su elocuencia y sus historias sobre los viajes que había realizado en su avioneta, nos despedía deseándonos buen viento y buena mar hacia Acomayo.

El tercer díaa llegamos al albergue público de Sangarará en frente de la Laguna Pomacanchi donde tendimos por primera vez nuestras carpas y acordamos un día completo de descanso, además de ser justo para las piernas, pasaríamos dos noches a 3.700 metros lo cual resultaba ideal en nuestro proceso de aclimatación. Mario y Sergio encontraron una canoa de pedal en forma de cisne y nos dimos un paseo por la laguna, envuentos en risas, complices como si fueramos adolecentes que acaban de cometer alguna pilatuna.

Los primeros tres o cuatro días tenían el propósito de afilarnos un poco para presentarnos en Pitumarca, donde formalmente empieza la ruta de Las Tres Cordilleras; un itinerario desarrollado y documentado por Michael Dammer y Cas Gilbert, dos bikepackers profesionales y cuyo rastro queríamos seguir. Desde el primer día la sensación fue clara: nos estabamos metiendo de lleno en Los Andes. Por tres días nos acomodamos en el campamento base del Nevado Ausangate a 4.300 metros de altura para concluir con nuestro proceso de aclimtación y empezar a entender cómo vivir a campo abierto, a tolerar la altura y convivir con el frío . Este lugar tiene visos de turismo, pues constituye una de las rutas hacia la montana de los siete colores, y conseguimos a punta de señas que Doña Carmen, quien solo hablaba Quechua, nos preparara desayunos y cenas ricos en carbohidratos, lo cual nos permitia dedicarle mas tiempo a nuesta misión temporal: no hacer nada.

Con las reservas de ATP bien repuestas y sintiendo el aire menos fino, nos fuimos a por las tres cordilleras! En las dos primeras etapas rebasamos la cota de los cinco mil metros de altura; primero en el Abra Jahuycate (5.075 msnm) y luego en el Abra Chimbollo (5.185 msnm), hitos que en Colombia son imposibles de realizar. Es evidente que mover una bicicleta a esta altura resulta muy duro, sobre todo con la magra condición que disponíamos entonces, y con el frío y la lluvia que se hicieron presentes, pero esto nos dio mucha confianza en nosotros mismos y en el equipamiento que llevamos puesto. Los próximos cuatro días resultaban muy similares; puertos largos y altos, seguidos de vertiginosos descensos, cruzar algún río, y nuevamente otro puertazo. Como lo predijo Diego Supelano un mes antes entrenando por la provincia de Gutierrez (Boyacá) mientras pasaban de Chita a El Cocuy con El Capi: “hágale que en el sur va ha ser de a venado diario”.

Al cabo del quinto día retomamos contacto con la civilización en las ciudades de Macusani y Crucero, casi 100 kilometros de asfalto que, sumados a nuestro cansancio prematuro, lograron tentar nuetras intenciones para evitar la línea de Las Tres Cordilleras e irnos por el camino fácil. Pero el carácter inquieto y guerrero del “capo squadra” Jose Román disipó la provocación y nos internamos en la Cordillera Carabaya, siguiendo un itinerario remoto y con las primeras dosis de aventura real. Cimas solitarias, descensos técnicos pasados por agua, secciones de singletrack y la sorpresa de empezar a encontrar poblaciones que lucían grandes en los mapas pero que en realidad estaban abandonadas. Una de esas noches realizamos nuestro primer camping silvestre o “wild camping” como se le conoce en el gremio, apenas cocinamos la merienda y a eso de las 4 de la tarde se despachó una lluvia fuerte seguida por una nevada que eclipsó nuestra noción del tiempo, pasando 16 horas seguidas amansando sleeping y aislante. A eso de las 2 de la mañana, en medio de la tormenta, un perro ladraba insistentemente causando un escosor silencioso en todos los rodadores.

Pasada esa larga noche, la ruta suponía otra incursión hacia el corazón de la cordillera, pero esta vez la motivación hacía más fácil la toma de la decisión y nos trepamos hacia Patambuco y luego hacia Cuyo Cuyo, literlamente sobre la vertiente que baja hacia la selva. Una paisaje mas humedo y con arboles. Empezabamos a disfutar de la recompensa de los paisajes remotos y a viajar más ligeros. En Cuyo nos dimos un descanso pues por fin dormíamos por debajo de los 4.000 metros lo cual significa para nosotros clima caliente, y las piscinas termales suponían un paseito agradable y merecido. A los pocos días de nuestra partida, la UNESCO declaró a Cuyo Cuyo patrimonio de la humanidad debido a sus incontables terrazas Incas que aun se preservan y sobre las cuales se observan prácticas artesanales de agricultura. Fue muy poderoso trepar casi mil metros surcando estas construcciones milenarias.

Luego de estas incursiones en la montaña volvimos a la “civilización”, la cruda civilización, en la ciudad de Ananea. Un asentamiento a 4.600 metros de altura que orbita en torno a la minería de oro. Resulto contradictorio ver carteles y señalética que rezan por el cuidado del medio ambiente,al lado de ríos extintos y piscinas de sedimentación repletas de mercurio.

Cruzamos la frontera con Bolivia a orillas del Lago Titicaca, por el reciente paso de Tilali, luego de un par de etapas relativamente planas pero muy bonitas. La emoción de cruzar nuestra primera frontera solo podía ser recompenada con cerveza paceña y cacahuates. Encontramos en Bolivia mayor diligencia en las personas, más abiertas a conversar y con un castellano mucho más fluido que el de los lugareños peruanos. Nos asombró del Peru, toparnos con campesinos que no hablaban castellano y con dueños de tiendas que no sabían hacer la cuenta de nuestros consumos. Así mismo, notamos en muchas personas un sentido de miedo y desconfianza hacia nosotros, “¿qué buscan?”, “¿qué quieren?”, “¿quienes son ustedes?”. Pero es entendible, el hombre blanco ha traído desgracia y lamentos en los diferentes procesos de colonización y expansión.

Ya en Bolivia nuestro objetivo era coronar rápido la ciudad de Sorata, donde formalmente terminaba la Ruta de las Tres Cordilleras y donde teníamos la expectativa de descansar unos días. En uno de los esos días, y de camino hacia el final de la tarde, encontramos en el cauce de un río una planicie ideal para tender las carpas, dormimos con el susurro del río y aumentando nuestras destrezas del wild camping. Al día siguiente llego la noche cerca de una vereda donde fuímos convidados a acampar en la plaza central, al lado de un burro y una vaca. Timidamente los lugareños se acercaban con alguna condolencia y nos invitaban a dormir en su casa, pero tendríamos que ser unos conchudos para apostar una tropa de 5 ciclistas hambrientos y malolientes bajo su techo.

Luego de 900 km estabamos tiro de piedra de Sorata, no sin antes remontar un puerto de 9 km muy arenosos y que empezaba a 2.000 metros de altura. No hemos vuelto a sentir un sopor de ese tipo. El nombre del hostal “Cassa Reggae” nos atrajo magnéticamente y nos acomodamos en una comoda y fresca habitación, estuvimos 4 días en pantaloneta y camiseta lavando ropas, alistando las bicicletas y dejando que el cuerpo descansara al ritmo de Bob Marley y los Wailers. Con la Ruta de las Tres Cordilleras en nuestra hoja de servicio, y cerca de los mil kilometros recorridos, nos mereciamos una medallita, una estampita, una estrellita para nuestros avatares bikepackers. Habíamos cumplido con el pensum y nos permitiamos seguir soñando con este proyecto.

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