¡Hola Chile, Chao Paipita!

ChileBikepacking

Luego de mucho tiempo de planeación y espera, estamos de viaje. Volamos a Santiago, tomamos un bus hasta Valdivia, y desde ahí empezamos a pedalear rumbo al sur por la península de la Patagonia. Primer cruce de Los Andes hacia Argentina y primeras sensaciones de este viaje austral.

Proyecto Primavera Cero: La Patagonia en Bicicleta.

Dieciocho meses atrás, durante una mañana de domingo, visualizamos con emoción y expectativa nuestro futuro y decidimos que iríamos a la Patagonia con nuestras bicicletas. Para entonces el plano financiero se visualizaba como el más crítico, así que pactamos una cuota de ahorro mensual y desde ese momento empezamos a considerar con mayor atención cada gasto y cada peso. Luego de un año nos mudamos a una ciudad pequeña y tranquila donde pudimos rebajar aún más el costo de vida, hicimos rendir más el tiempo, y sobre todo tuvimos la oportunidad de acceder de manera más expedita a las montañas para hacernos fuertes e invocar la sintonía del viaje. Desde el principio le pusimos nombre a nuestro proyecto: Primavera Cero, inspirados por la canción de Soda Stereo y por la congruencia entre la temporada del año en la que iríamos a Patagonia y la alta probabilidad de encontrar temperaturas por debajo de los cero grados celsius.

BoyacaBikepacking
Lago de Tota. Boyacá, Colombia.

Dejar atrás Bogotá, a sus 8 millones de habitantes y 36 años de afincada costumbre, y movernos a Paipa, un municipio de diez mil pobladores, supuso un cambio exótico pero totalmente satisfactorio y acertado. A la par de estas maniobras, tomamos otras decisiones importantes como recalcular nuestras expectativas profesionales y personales, pues en nuestro contexto socioeconómico dejar el trabajo para irse a buscar una aventura es un exabrupto que el sistema no valorará con elogios en nuestro futuro curriculum. Pero en medio de tantos cambios, había una inmensa sensación de tranquilidad y armonía al estar siguiendo los susurros tranquilos y firmes de nuestra conciencia.

BoyacaBikepacking

Permiso para aterrizar

Dieciocho meses después estábamos la madrugada del 3 de octubre en el Aeropuerto Internacional El Dorado en Bogotá, con dos cajas de cartón extradimensionadas, una tula de vinilo y dos boletos de ida a Santiago de Chile. Aunque la línea de deseo del viaje tenía origen en Argentina, el costo del pasaje a Buenos Aires o Mendoza era casi el triple. 

El primer obstáculo de la aventura estaba muy cerca en el proceso de check-in; tanto a las aerolíneas como a las autoridades migratorias no les convence que algunas personas compremos solo el tiquete de salida del país y nos vayamos a aventurar con nuestro futuro, por lo cual exigen un tiquete de regreso que demuestre que volveremos a nuestra patria y que no engrosaremos las cifras de migrantes ilegales. En el buen sentido de la palabra “hecha la ley, hecha la trampa”; y a través de la plataforma Onwardticket.com adquirimos por 15 dólares una reserva de viaje de regreso. Tal y como suena, este servicio consiste en un documento que prueba la reserva en un vuelo real, la cual está activa durante 48 horas, tiempo suficiente para complacer a la burocracia y lograr pasar a bordo. El costo del transporte de cada bicicleta fue de 125 dólares. Es importante reforzar los ojales o manijas de las cajas con cinta pegante pues en nuestro caso llegaron rotas a destino; es hasta lógico que el personal que sube el equipaje a los aviones tire de ellas con fuerza.

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Catalina Melo
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Jose Pacheco

Aterrizamos en Santiago de Chile, donde nuestra amiga Jerónima y su familia nos hospedaron y nos alimentaron por un par de días. Luego continuamos nuestro viaje motorizado en autobús hasta la ciudad de Valdivia donde habíamos pactado el inicio de nuestra travesía ciclística. El transporte de las bicicletas en autobús es todo un tema, tanto en Chile como en Argentina. Ninguna empresa nos garantizaba el transporte de las bicicletas (seguían empacadas en cajas), pues esto dependía de la capacidad de la bodega del vehículo, y la prioridad era el equipaje personal de los pasajeros. Por esto, no compramos ningún boleto por internet y fuimos en persona a la terminal de buses. Allí sucedió lo mismo, hasta que uno de los encargados del cargue de vehículos observó desde lejos la situación y vino en nuestro rescate. Este personaje, de orígen venezolano, seguramente sintió empatía con nuestro acento norteño y nos sugirió que estuviéramos de primeros en la fila de abordaje, conversó con el chofer y ayudante del bus sobre nuestra situación y todo quedó acordado. Al parecer las formalidades y protocolos de oficina son unos y la realidad en la plataforma es otra; cada tripulación (conductor y ayudante) son los que administran la operación y es con ellos con quién se debe conversar.

Ciudad de Valdivia, Chile

un prólogo por la selva valdiviana

Valdivia es una ciudad muy amable, nos sorprendió la cultura de los conductores quienes exageraban en gentileza para darle el paso a peatones y ciclistas (como te extrañamos Bogotá), y al ser un epicentro universitario abunda la gente jóven y la energía fresca y relajada. Desde allí realizamos un recorrido de tres días cuyo fin principal era probar la configuración del equipaje y el funcionamiento de las bicicletas; un prólogo, se diría en el mundo del ciclismo. Partimos en dirección occidente hacia el pueblo de Niebla y de ahí al norte por una carretera que bordeaba el Mar Pacífico. Aunque visitar el mar no estaba en los planes iniciales, fue una bonita manera de empezar el viaje y fungió como una forma de encomendarnos con la naturaleza; tocar el mar antes de treparnos a Los Andes.

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Chile Bikepacking
ChileBikepacking
ChileBikepacking
ChileBikepacking
ChileBikepacking

Visitamos el Parque Oncol el cual protege una vasta extensión del ecosistema del Bosque Templado Valdiviano (conocido también como selva valdiviana). La entrada al parque costó 10.000 CLP los cuales incluían el derecho a acampar y a transitar por los senderos, pero la presencia de una lluvia copiosa y constante apenas nos dio chance para armar la carpa y guarecernos toda la noche. Al tercer día regresamos a Valdivia sin novedad en el frente y listos para arrancar en busca de la Patagonia.

Bikepacking
Perro Boxer
ChileBikepacking

verde, verde. tenemos bandera verde.

Partimos con la misión de ir en dirección perpendicular a la Cordillera y buscar el cruce a Argentina por el paso de Hua-Hum hacia San Martín de Los Andes. Chile es un país angosto y bastante desarrollado en su zona “céntrica” por lo cual la mayoría de las carreteras son asfaltadas; por esta razón quisimos buscar rápido Argentina donde habíamos previsto un itinerario sobre caminos de tierra. En esta primera sección no encontramos puntos de i-Overlander que indicaran lugares de “wild camping” y los campings organizados quedaban en centros poblados, por lo cual planificamos etapas largas sin mayores chances de cambiar el itinerario.

Chile Bikepacking
Panguipulli
Bikepacking

 

En este periplo cruzamos por inmensas praderas en fase de alistamiento para la siembra y por vistosas parcelas repletas de yuyos que anunciaban con sus colores amarillos la llegada de la primavera. A medida que ascendiamos, los bosques de pino y otras especies maderables se hacían más presentes.

Yuyos Amarillos

Chile es el país de Latinoamérica con mayor cantidad de volcanes; si bien la mayoría se encuentran en las regiones del Bío Bío y la Araucanía, un poco más al norte, tuvimos la suerte de avistar a los majestuosos Rukapillan y El Mocho.

Volcan El Mocho
Volcán El Mocho
Rukapillan
Volcán Rukapillán

Cruzamos el Lago Pirihueico en el primer ferry del día, el cual salió a las 9 de la mañana. Los horarios y frecuencias de este servicio cambian según la temporada por lo cual es recomendable revisar esta información con anterioridad. La frontera se encuentra a unos 15 kilómetros del lago. Luego de realizar los trámites de migración el camino empieza a mostrar sus dificultades. Por un lado la superficie pasa de asfalto a destapado y las pendientes se tornan exigentes y largas. Por otro lado, hay una gran presencia de vehículos, no solo por el cruce con Chile, sino porque el Lago Lacar es muy frecuentado por turistas y locales.

 

Chile Bikepacking

Luego de una etapa muy larga llegamos a San Martín de Los Andes, puerta de oro de la Patagonia argentina. Ese día fue muy especial pues significó nuestro primer cruce de la Cordillera de Los Andes, aún con señales de que el invierno apenas se estaba marchando.

Las sensaciones durante esta primera sección fueron muy satisfactorias pues sentimos que nuestros músculos y pulmones respondieron muy bien a las nuevas condiciones de pedaleo; pilotar bicicletas con carga es toda una novedad tanto en lo físico como en lo técnico. El frío, quizás el elemento más extraño para nuestra condición tropical, nos jugó pasadas extrañas. En varias ocasiones antes de que se ocultara el sol ya estábamos vestidos con todo nuestro arsenal de ropa; emplumados, con la cara tapada y tiritando de frío. En Colombia no tenemos ese tipo de frío, que acecha por todos los rincones, incontrolable, como si fuera líquido.

Chile Bikepacking
Chile Bikepacking
ChileBikepacking

Aunque es muy temprano para decirlo, nos sucedió algo que creemos es lo más importante para un viaje de bicicleta, y en general para planes donde se requiera una honesta complicidad: estábamos conectados. No había pasado que recordar, ni futuro que construir, simplemente estábamos ahí, suspendidos en el presente con una sonrisa inmensa en nuestras caras y siendo felices en el otro. Vivir esa sensación es algo muy especial, es quizás lo más cercano a la verdadera felicidad, es sobre todo una validación cósmica de que nuestro destino está alineado con el universo.

¡Gracias por leer!

Próximamente: El Volcán Lanín.

Mapa y GPX

RESUMEN FINAL. RODANDO LOS ANDES: UN VIAJE AL FIN DEL MUNDO. BIKEPACKING.

Ha pasado casi un periódo mundialista desde que regresamos del proyecto Rodando Los Andes: Un viaje al fin del mundo (marzo 2020). Es posible que después de vivir una experiencia tan sobrecogedora y haber logrado regresar a nuestras casas sanos y salvos en plena aparición de la pandemia por COVID-19, sea normal tomarse un largo tiempo para entender las cosas, reflexionar, adaptarse de nuevo a la realidad y pensar en nuevas perspectivas.

El propósito de esta entrada es que sirva como insumo para la planificación de viajes al pedal y que los lectores puedan construir sobre esta experiencia.

Lo importante es que aquí estamos.

Fotografías: Sergio Rozo

Ilustraciones: Mario Morales

Ciclocaturas: Diego Supelano

Screen Shot Garmin In Reach

rendimiento

Durante el Proyecto estuvimos 176 días de viaje en los cuales firmamos 125 etapas. La distancia promedio por etapa fue de 58 km y el desnivel positivo promedio de 750 metros. La jornada de mayor distancia fue de 110 km (carretera plana y asfaltada provincia de San Juan, Argentina) y la que mayor desnivel acumuló fue de 2.700 metros (cruce de Los Andes entre Argentina y Chile por el Abra del Portillo). La grupeta demostró un rendimiento medio de 2,77 etapas por cada día de descanso. Es importante tener en cuenta que la primera mitad del viaje se rodó por encima de los 3.600 metros de altura, que el peso de bicicleta y equipamiento se aproximaba a los 40 kilogramos y que el 80% del terreno fue destapado.

LA RUTA

La consigna del viaje siempre fue rodar con la mayor proximidad a la arista de la cordillera a través de caminos poco transitados. En un principio, la línea que seguimos se estructuró a partir de rutas preestablecidas. Sin embargo no todo el continente está documentado, por lo que a medida que consolidábamos nuestro estilo y experiencia fuimos tejiendo nuestro propio andar.

La ruta que realizamos se presenta  por “temporadas” en la plataforma Ride With GPS, allí se pueden descargar los archivos digitales en diferentes formatos. Las rutas contienen puntos relevantes (POI) para la planificación y navegación de las mismas. 

material rodante

Los cuadros de bicicleta eran básicos en su diseño y construidos en acero 4130 al cromo-molibdeno (CrMo). La ventaja de esta aleación es que, además de su resistencia, es de relativa fácil reparación en caso de alguna rotura. La siguiente anécdota da cuenta de ello: a la altura del kilómetro tres mil en el poblado de San Antonio de Los Cobres (Argentina), Jose Román recostó su bicicleta Nordest Sardina para hacer una pausa en el camino y un vendaval arrojó con fuerza la bicicleta al suelo; la parrilla trasera se golpeó y transmitió el impacto sobre uno de los tirantes lo que generó que este tubo se rompiera. San Antonio es un lugar remoto y magro en la oferta de servicios, pero muy cerca de allí, en la ciudad de Salta, fue posible encontrar al ornamentador Walter Rojas que reparó el cuadro con soldadura de tungsteno (TIG) y bastante facilidad. Esta misma maniobra en otro material habría sido casi imposible y sobre todo muy demorado y cosotoso (eso si se pudiera). Siempre estaremos muy agradecidos con Walter, no solo por su impecable trabajo sino por su buena energía para con nosotros. Así las cosas “el taxi” pudo continuar su periplo. 

Las horquillas de las bicicletas eran rígidas, en aras de eliminar la complejidad mecánica de una suspensión y para optimizar la capacidad de carga acoplando maletas a las patas del tenedor.

Desde la planeación del viaje consideramos que las ruedas eran el componente más importante de toda la bicicleta y por eso pusimos un gran empeño en configurarlas a prueba de balas. Al parecer tanta rigurosidad tuvo sus réditos y de los 320 radios en servicio ninguno se rompió. En esta entrada de blog describimos con sumo detalle el ensamblaje de las bicicletas.

Todas las bicicletas calzaron corazas de tres pulgadas de ancho (conocidas como Plus Tyre). Esta decisión se tomó previendo las secciones de arena que se encontraron en la Puna de Atacama durante la Ruta de los Seismiles y para mitigar la ausencia de suspensión. La experiencia con estas ruedas fue sumamente gratificante pues ofreció comodidad en el terreno destapado y en secciones arenosas o muy pedregosas marcó una gran diferencia.

Para aprovechar las bondades de estas ruedas es mandatorio ser riguroso con el control del aire; a bajas presiones estas ruedas tienen muy buen agarre y consiguen mitigar en buena medida las vibraciones. A altas presiones se consigue mejorar la eficiencia en etapas planas o sobre carpetas asfaltadas. Las cubiertas Plus Tyre deben ser instaladas sobre rines anchos; en nuestro caso tuvimos 40mm y 45mm de grosor interno. Sin embargo esta configuración tiene una desventaja y es que no permite instalar cubiertas más delgadas. Este punto es importante ya que las corazas Plus son difíciles de encontrar en la oferta de almacenes de bicicletas y ante algún contratiempo quizá sea necesario utilizar de manera transitoria una cubierta de 2,4 o 2,6 pulgadas. En este sentido el ancho ideal interno de un rin es de 35 mm el cual permite instalar corazas de 2,4 a 3 pulgadas. Las ruedas fueron montadas tubeless, por supuesto, y aquí fue determinante contar con la bomba micro floor drive de Lezyne.

A la altura del kilómetro cinco mil, en la ciudad de Santiago, realizamos mantenimiento a los bujes, o manzanas, o cubos de las ruedas ya que las mismas se habían expuesto a cientos de cruces de ríos, literalmente, y ameritaba esta maniobra para salvaguardar la integridad de las máquinas.

Cuatro de las cinco bicicletas fueron configuradas con el grupo de transmisión Shimano Deore XT de 11 velocidades monoplato y no presentaron ningún inconveniente. Incluso hasta el día de hoy varias de estas máquinas siguen rodando bajo condiciones exigentes y el desempeño de las componentes sigue siendo muy bueno. Una práctica recomendada por Black & Watson (2019) fue el reemplazo de cadenilla cada 2.500 km; con esto pudimos utilizar tres cadenillas sobre el mismo cassette sin ninguna incomodidad.

Todas las bicicletas tuvieron frenos hidráulicos y tampoco presentaron contratiempos, incluso no se practicaron maniobras de purgado. No recordamos con exactitud cómo fue el desgaste de pastillas pero fue bastante regular. Los rotores operaron sin problemas durante todo el viaje. 

Best of Gallery

arrieros del camino

Jose Román
Mario Morales
Sergio Rozo
Diego Supelano
Jose Pacheco

SIERRA NEVADA DE COCUY, GÜICÁN Y CHITA.

Cocuy Boyaca Bikepacking Bicicleta

280

Kilómetros

8.453

Metros +

4.140

Msnm. Max.

99 %

Destapado

Col

Ubicación

zizuma: la sierra nevada de cocuy, güican y chita en bicicleta.

Esta ruta no pretende ser un camino estricto a seguir, simplemente es uno de los posibles itinerarios para visitar las altas y majestuosas montañas de la Sierra Nevada de Cocuy en bicicleta. 

¡Lo importante es ir!

Cocuy Boyaca Bikepacking Bicicleta
Caballete del Pelado
Cocuy Boyaca Bikepacking Bicicleta
Normanda Cocuyana

Este recorrido se presenta desde el municipio de Paz de Río, pues se considera que llegar hasta allí es relativamente sencillo y porque a partir de ese punto la ruta empieza a develar su carácter. La opción más pragmática quizás sea la de tomar un bus hasta la ciudad de Sogamoso y pedalear hasta Paz de Río a través de una carretera pavimentada y tranquila (50 km y 800 m+).

En Paz de Río el camino se empina en dirección a Socha, a la vez que el Cañon del Chicamocha presenta sus primeras luces. Desde allí continúa hacia Socotá y Jericó por un trazado polvoriento y aéreo muy emocionante y escénico. Más adelante se presenta una dificultad de 4 km al 9% de inclinación conocida como el Alto del Zancarrón.

Cocuy Boyaca Bikepacking Bicicleta

Entre Chita y El Cocuy se acomoda un caballete de roca y arena que otea los 4.240 metros de altura. Allí se levantan las cimas de El Pelao, Mahoma, El Martiño y El Cocuy este es el paso carretero legal más alto de Colombia. Luego de una travesía paramera con espeletias de más de dos metros de altura, al otro lado, en un cuenquito privilegiado entre los pliegues andinos de la cordillera oriental prosperan los municipios de Cocuy y Güicán y toda la provincia de Gutierrez.

En las faldas de la Sierra Nevada existen incontables caminos, la ruta aquí trazada corresponde al recorrido más franco para conectar la zona sur de la sierra (Picos Púlpito y Pan de Azucar) con la zona Norte (Picos Ritak U’wa). En el extremo norte se presenta un ascenso hacia el punto conocido como La Parada de Romero, donde termina el camino carreteable; esta incursión sin duda tiene una gran dosis de aventura, altura y regocijo.

En el camino de regreso se presentan dos desvíos relevantes. El primero permite visitar la Laguna Palchacual a las afueras de El Cocuy, y el segundo, en el municipio de Chita, escala hacia el Páramo de Eucas por la vía que conduce a las minas de sal conocidas como Las Salinas. En la cima del páramo se conecta la Ruta Nacional 64 y desde ahí el camino se torna en bajada contundente hacia Socha y Paz de Río.

Cocuy Boyaca Bikepacking Bicicleta
Cocuy Boyaca Bikepacking Bicicleta
Cocuy Boyaca Bikepacking Bicicleta
Cocuy Boyaca Bikepacking Bicicleta
Cocuy Boyaca Bikepacking Bicicleta

En la actualidad el PNN El Cocuy se encuentra abierto para el ecoturismo (tres senderos de caminata) más no para acampar y realizar actividades de montañismo y escalada.

Notas de viaje

TIPS

+ El camino es destapado en su mayoría, con secciones de arena y piedras, por lo cual se recomienda rueda ancha (> 48 mm o 1,8 pulgadas).

+ Esta parte de la cordillera se caracteriza por la alta humedad y precipitaciones, es recomendable contar con buen equipamiento de protección a la lluvia.

+ El Caballete del Alto del Pelao y el ascenso hacia la Parada de Romero son terrenos de gran altitud (> 4.000 msnm)  por lo cual se recomienda estar en buenas condiciones físicas y de aclimatación, y contar con ropas para frío y lluvia. 

+ En la carretera entre Chita y Cocuy y no hay ninguna tienda o lugar para adquirir provisiones, se recomienda ir con buenas provisiones.

+ La mayoría de los asensos son de alta pendiente por lo cual se recomienda contar con buena forma física.

ESTILO

Este viaje se realizó con un estilo ligero, denominado “flashpacking”; durmiendo en hospedajes y comiendo en restaurantes y paradores, cargando solo una buena provisión de prendas, alimentos y complementos. Sin embargo otros viajeros han reportado condiciones favorables de campamento en el caballete del Alto del Pelao. Así mismo en los alrededores de la Sierra se tienen lugares que ofrecen servicio de camping.

ETAPAS

En este viaje el recorrido por etapas sucedió de la siguiente manera:

  • Etapa 1. Socotá - Chita. 50 km, 1.750 m+
  • Etapa 2. Chita - El Cocuy - Finca La Esperanza. 70 km, 2. 700 m+
  • Etapa 3. Finca La Esperanza - Parada de Romero - Finca La Esperanza. 41 km, 1.150 m+
  • Etapa 4. Hacienda La Esperanza - Chita. 72 km, 1.50 m+
  • Etapa 5. Chita - Socotá.  69 km, 1.350 m+

Mapa y GPX

El Parque Nacional Natural El Cocuy fue creado por el INDERENA en 1977 mediante el Acuerdo No.017 del 2 de mayo y ratificado por resolución ejecutiva número 156 de junio del Ministerio de Agricultura. El área protegida comprende un área de 306.000 hectáreas correspondientes a los departamentos de Arauca (174.940 ha), Boyacá (130.264 ha) y Casanare (796 ha.). Los límites del parque se extienden desde los 600 msnm en el piedemonte llanero por la vertiente oriental, hasta los 4.000 msnm en las campiñas de Boyacá por el costado occidental. Este lugar ha sido un templo del alpinismo colombiano y venezolano; hoy infortunadamente el PNN El Cocuy se encuentra vetado para realizar actividades de escalada y montañismo.

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Términos de uso: Si elige recorrer esta ruta, hágalo bajo su propio riesgo. Antes de partir, verifique el clima, el estado de los caminos y cualquier coyuntura de orden público y social. Respete las normas de tránsito y las reglas de uso de terrenos públicos y privados. Sea respeturoso con la comunidad y sobre todo no deje rastro. Capacitese sobre la atenciónde emergencias y gestión de riesgos. Esta información un recurso de planificación que puede utilizarse como punto de inspiración pero debe ser complementada con su propia gestión. A pesar de que esta ruta (GPX y mapas) y todas las pautas de ruta fueron preparadas bajo una investigación diligente por parte del colaborador o colaboradores, no se garantiza la exactitud de la misma ni el criterio del autor. Monteadentro.cc, sus socios, asociados y contribuyentes no son de ninguna manera responsables de lesiones personales, daños a la propiedad personal o cualquier otra situación similar que pueda sucederle a ciclistas o individuos que andan en bicicleta o siguen esta ruta.

EL DOBLETE CENTRAL

366

Kilómetros

10.720

Metros +

3.760

Msnm. Max.

85 %

Destapado

Col

Ubicación

esta ruta cruza dos veces la Cordillera Central de los Andes a través de pasos míticos y épicos de la geografía colombiana; el Alto de la Línea y el Páramo de Chilí.

En el recorrido se encuentran exuberantes bosques de palma de cera, cafetales, páramos nubados, llanuras arroceras calientes y poblados coloridos de gente amable. En este viaje hay paisaje y aventura para rato.

Esta ruta requiere de buen estado físico y de un alto grado de compromiso; en especial debido al cruce del Páramo de Chilí.

La Paulina
Haku

Este recorrido se documenta en sentido antihorario desde Ibagué, una ciudad de 600.000 habitantes a 4 horas de Bogotá que cuenta con aeropuerto y terminal de buses lo cual facilita la logística. La ciudad de Armenia es otra buena opción para abordar el recorrido pues también tiene buena infraestructura de transporte. 

La primera sección de la ruta discurre en franco ascenso hacia la cordillera por una carretera destapada conocida como el “camino real nacional” o el “paso viejo de la línea”. Este camino data de tiempos antiguos y fue usado por los indígenas Quimbayas y Piajos. En 1.533 el capitán Andrés López de Galarza inició la construcción de un camino para caballos con el objetivo de conectar geopolíticamente el centro del país con las provincias del Cauca y el mar pacífico. En esta empresa trabajaron presos que intercambiaron el tiempo de su condena por arduos trabajos de obra, esa situación dio origen al asentamiento de Boquía el cual más tarde se convirtió en el municipio de Salento.

POR ESTE CAMINO TRANSITÓ LA EXPEDICIÓN BOTÁNICA DE ALEXANDER VON HUMBOLDT Y LA CAMPAÑA LIBERTADORA DE SIMÓN BOLÍVAR EN 1.800, ENTRE MUCHAS OTRAS CAUSAS REVOLUCIONARAS E ILUSTRES.

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En esta parte del recorrido se rodea el Volcán Machín, del cual se desprenden cauces de agua termal que se pueden disfrutar en los hospedajes que se encuentran a borde de la carretera.  En la parte alta de la montaña se avistan imponentes bosques de palma de cera (Ceroxylon andicola), las cuales alcanzan a vivir más de cien años y a medir más de 70 metros de altura. Esta palma fue adoptada como árbol nacional de Colombia en 1985 y hoy está en riesgo de extinción debido a algunos comportamientos desafortunados de la sociedad.

El primer paso de Cordillera, paso antiguo de la línea, se eleva a una altura de 3.350 metros. Al otro lado de la montaña se encuentra el municipio de Salento, epicentro turístico que dispone de una gran oferta de servicios para los viajeros. La ruta continua en tránsito por las tierras cálidas del departamento del Quindío por entre bosques de pino, cultivos de café y poblados coloridos y amables de cultura paisa cafetera.

EN EL CAMINO AL PÁRAMO DE CHILÍ NO HAY VIVIENDAS NI TIENDAS POR LO CUAL ES RECOMENDABLE SALIR CON BUENAS PROVISIONES DESDE PIJAO.

En el municipio de Pijao empieza el segundo cruce de la Cordillera, un puerto casi constante de 30 km de escalada. En el camino no hay viviendas ni tiendas por lo cual es recomendable salir muy temprano y con buenas provisiones desde Pijao. Los últimos 4 km del ascenso son difíciles; con mucha roca suelta y camino quebrado, en nuestro caso empujamos la bicicleta. Así mismo los primeros kilómetros del descenso son técnicos y hay que abordarlos con precaución. La cima se eleva a 3.770 metros de altura en el Páramo de Chilí, un lugar solitario y prístino. Aproximadamente a 3 km de este punto existen unos refugios en forma de choza con techos de paja que son usados por caminantes y visitantes del Páramo. Si no se cuenta con equipo de campamento es recomendable pactar la etapa hasta Santa Elena y hacer contacto previo con el hospedaje Villa Alicia; cerca de Santa Elena hay algunas fincas que potencialmente ofrecen hospedaje. (ver información en los POI del mapa y en las recomendaciones clave al final de esta entrada). Es importante tener en cuenta que entre la cima del páramo y Santa Elena aún queda un trecho largo por recorrer.

La última sección de la ruta discurre en descenso hacia las tierras calientes del Tolima, con dirección hacia Rovira y Payandé; de ahí termina en franco el pedaleo hacia Ibagué por una carretera principal que goza de ciclo infraestructura moderna.

Este viaje lo realizamos y documentamos en abril de 2023 durante la temporada de Semana Santa. 

Notas de viaje

TIPS

+ El camino es destapado en su mayoría, con secciones de lodo y piedras, por lo cual se recomienda rueda ancha (> 50 mm o 2,0 pulgadas).

+ Esta parte de la cordillera se caracteriza por la alta humedad y precipitaciones, es recomendable contar con buen equipamiento de protección a la lluvia, así como protección para el sol (crema y gorra).

+ Luego de Toche la carretera es de alta pendiente y terreno pedregoso, no hay tiendas en el camino por lo cual se recomienda salir con buenas provisiones.

+ El cruce del Páramo de Chilí es difcíl y no hay tiendas ni ayudas en el camino, se recomienda salir muy temprano y con buenas provisiones de alimentos.

+ Desde la cima del páramo hasta Santa Elena aún hay harta distancia por recorrer.

ESTILO

Este viaje se realizó con un estilo ligero; durmiendo en hospedajes y comiendo en restaurantes y paradores, cargando solo una buena provisión de prendas, alimentos y complementos.

ETAPAS

Etapa 1. Ibagué – Hospedajes del Volcán Machín. 45 km, 1.630 m+

Etapa 2. Hospedajes del Volcán Machín – Salento. 60 km, 1.160 m+

Etapa 3. Salento - Calarcá. 36 km, 860 m+

Etapa 4. Calarcá – Pijao. 34 km, 1.130 m+

Etapa 5. Pijao – Santa Elena. 65 km, 2.200 m+

Etapa 6. Santa Elena – Rovira. 80 km, 950 m+

Etapa 7. Rovira – Ibagué. 60 km, 1.050 m+

Mapa y GPX

El término “La Línea” se acuñó para hacer referencia a toda la arista de la cordillera central y por eso es común que varios pasos de montaña circundantes reciban este nombre. Por defecto, el paso de la línea más conocido es aquel que se tiende sobre carretera asfaltada (Ruta Nacional 40) entre los municipios de Cajamarca (Sur-Tolima) y Calarcá (Norte-Quindío). Este es uno de los corredores principales de transporte de carga y tiene un tráfico constante de vehículos de camiones y tractomulas. El tránsito de bicicletas por esta carretera es restringido debido a los túneles del par vial.

Términos de uso: Si elige recorrer esta ruta, hágalo bajo su propio riesgo. Antes de partir, verifique el clima, el estado de los caminos y cualquier coyuntura de orden público y social. Respete las normas de tránsito y las reglas de uso de terrenos públicos y privados. Sea respeturoso con la comunidad y sobre todo no deje rastro. Capacitese sobre la atenciónde emergencias y gestión de riesgos. Esta información un recurso de planificación que puede utilizarse como punto de inspiración pero debe ser complementada con su propia gestión. A pesar de que esta ruta (GPX y mapas) y todas las pautas de ruta fueron preparadas bajo una investigación diligente por parte del colaborador o colaboradores, no se garantiza la exactitud de la misma ni el criterio del autor. Monteadentro.cc, sus socios, asociados y contribuyentes no son de ninguna manera responsables de lesiones personales, daños a la propiedad personal o cualquier otra situación similar que pueda sucederle a ciclistas o individuos que andan en bicicleta o siguen esta ruta.

EL PUENTE DE SAN PEDRO

370

Kilómetros

10.100

Metros +

3.840

Msnm. Max.

80 %

Destapado

Col

Ubicación

Un gran páramo de por medio

Esta ruta gravita alrededor del complejo de páramos de Guantiva – La Rusia, un cordón montañoso y húmedo que esculpe en sus dos vertientes paisajes muy diferentes; los del sur de Santander y los del norte de Boyacá. En su recorrido se visitan lugares importantes en la historia de Colombia como la cuenca del Río Pienta y el municipio de Charalá, las ruinas del pueblo abandonado de Sativa, las líneas férreas de Acerías Paz del Río y dos cruces de cordillera sustanciosos que frisan los 3.840 metros de altura. En esta ruta se vuela muy lejos, así el espacio y el tiempo parezcan relativamente cortos.

Haku. Soma, Riff.
La Paulina. Brother Cycles, Big Bro.

Este recorrido se documenta en sentido de las manecillas del reloj desde Duitama, una ciudad de 200.000 habitantes a 3 horas de Bogotá que cuenta con excelentes condiciones de acceso por medio de una autopista de última generación y servicios de buses modernos.

La ruta parte en dirección norte por la carretera asfaltada que conduce al municipio de Charalá (Ruta Nacional 57) a través de un puerto asfaltado, pero poco concurrido, de 18 km. A la entrada del páramo, luego de la única tienda que hay en la zona, se toma un desvío a la derecha en dirección al Boquerón de Avendaño donde alcanza una cota máxima de 3.840 metros de altura. Este punto marca el límite entre los departamentos de Boyacá y Santander. Desde allí la carretera desciende de manera contundente hacia el pequeño municipio de El Encino. Allí el clima es templado, y el camino continúa bordeando el cauce del Río Pienta hasta Charalá.

Charalá, en dialecto guane significa "En Medio de dos aguas" (Rios taquiza y pientá)

PuenteSanPedro_WB (16 de 28)

Desde Charalá la ruta continua hacia el oriente por los municipios de Ocamonte y Mogotes a través de un paisaje típico de montaña tropical, en esta sección hay pocas tiendas por lo cual es recomendable partir de Charalá con buenas provisiones y aprovechar cualquier chance de repostaje. Luego de Mogotes se encuentra el Alto de los Cacaos con 16 km de distancia y una pendiente media del 5%. Al otro lado, la carretera se descuelga en un descenso muy divertido y veloz con hermosas panorámicas hasta el municipio de San Joaquín.

En Onzaga el camino se empina nuevamente hacia el páramo a través de una escalada espectacular y con pocos parangones hasta el alto trans-departamental de Piedesecho, y desde allí desciende hacia el municipio de Soatá. La ruta continua por una sección asfaltada hasta Susacón, donde se desvía nuevamente sobre carreteras destapadas de alta pendiente. En este tránsito se cruza por los municipios de Sativanorte y Sativasur, los cuales son producto de la reubicación del municipio de Sativa, el cual fue abandonado en 1933 debido a que varias avalanchas y movimientos telúricos pusieron en riesgo su sustentabilidad. Las ruinas de Sativa se encuentran a unos pocos kilómetros de la vía principal.

El municipio de Paz de Río es una de las centrales mineras más grandes del país, por esta razón existe una línea férrea que opera desde 1.940 y que en 1.963 implementó la primera locomotora eléctrica del país. La ruta cruza dos puentes colgantes sobre el Río Chicamocha para transitar por 11 km por los rieles hasta llegar al municipio de Corrales. El tramo final de la ruta se extiende por 17 kilómetros por carretera asfaltada entre Sogamoso y Duitama.

Este viaje lo realizamos y documentamos en junio de 2022, durante el puente feriado en el cuál el catolicismo celebra la fiesta del apóstol San Pedro.

Notas de viaje

TIPS

+ El camino es destapado en su mayoría, con secciones de lodo y piedras, por lo cual se recomienda rueda ancha (> 50 mm o 2.0 pulgadas).

+ Esta parte de la cordillera se caracteriza por la alta humedad y precipitaciones, es recomendable contar con buen equipamiento de protección a la lluvia.

+ En el cruce del Páramo por el Alto de Piedesecho, entre Onzaga y Soatá no hay viviendas ni tiendas por lo cual es recomendable contar con buenas provisiones.

+ Sativanorte y Sativasur son municipios pequeños con oferta limitada de provisiones.

ESTILO

Este viaje se realizó con un estilo ligero, denominado "flashpacking"; durmiendo en hospedajes y comiendo en restaurantes y paradores, cargando solo una buena provisión de prendas, alimentos y complementos.

ETAPAS

En este viaje el recorrido por etapas sucedió de la siguiente manera:

Etapa 1. Duitama - Charalá. 91 km, 2.185 m+

Etapa 2. Charalá - Mogotes. 56 km, 1.780 m+

Etapa 3. Mogotes - Soatá. 92 km, 2.800 m+

Etapa 4. Soatá - Paz de Río 80 km, 2.480 m+

Etapa 5. Paz de Río - Duitama. 60 km, 1.200 m+

Mapa y GPX

Términos de uso: Si elige recorrer esta ruta, hágalo bajo su propio riesgo. Antes de partir, verifique el clima, el estado de los caminos y cualquier coyuntura de orden público y social. Respete las normas de tránsito y las reglas de uso de terrenos públicos y privados. Sea respeturoso con la comunidad y sobre todo no deje rastro. Capacitese sobre la atenciónde emergencias y gestión de riesgos. Esta información un recurso de planificación que puede utilizarse como punto de inspiración pero debe ser complementada con su propia gestión. A pesar de que esta ruta (GPX y mapas) y todas las pautas de ruta fueron preparadas bajo una investigación diligente por parte del colaborador o colaboradores, no se garantiza la exactitud de la misma ni el criterio del autor. Monteadentro.cc, sus socios, asociados y contribuyentes no son de ninguna manera responsables de lesiones personales, daños a la propiedad personal o cualquier otra situación similar que pueda sucederle a ciclistas o individuos que andan en bicicleta o siguen esta ruta.

LAS GOTERAS DE LA PATAGONIA

Operación Éxodo: COVID-19

Nunca imaginamos que tuviéramos que abandonar el viaje de una manera tan abrupta. Veníamos felices rodando por un mundo mágico de ríos y lagos, de rayos de sol y árboles humeantes; de naturaleza viviente. Y de repente, sin pensarlo, ni calcularlo, ni especularlo, estábamos en un avión de regreso a Colombia. Tan pronto retomamos contacto con la civilización, luego de varios días de soledad y aventura por la frontera entre Argentina y Chile, nos enteramos de que el mundo entraba en una crisis de proporciones bíblicas producto del inesperado brote de Coronavirus y entonces la instrucción de regresar a casa se hizo obligatoria. Apenas logramos asomarnos a la Patagonia, sentimos las primeras ráfagas de viento aún tenue, nos ha quedado una tarea pendiente, una espinita que esperamos subsanar pronto y sobre todo una gran motivación para cada instante del presente.

Estamos muy agradecidos con la vida y sus poderes por habernos dado esta bonita oportunidad; la hemos aprovechado, hemos crecido y estamos aún más enamorados de la América del Sur. Las bicicletas y sus jinetes estamos sanos y salvos en casa, gracias a todos los que nos acompañaron en este gran viaje de la vida.

Este es el último relato de la temporada Un Viaje al Fin del Mundo.

Habíamos cruzado nuevamente a la Argentina por del paso fronterizo de Huahum, el cual conecta a Chile con el corredor turístico de los siete lagos en el norte de la Patagonia por medio de una carretera destapada en muy buenas condiciones. En pleno pico de temporada el tráfico vehicular y sus velocidades son considerables. Cuando esto sucede, es muy probable que las ruedas de los carros despidan piedras con gran ímpetu y en dirección aleatoria, haciendo que el camino fuera largo y estresante para nosotros. Por ahí se oían golpes de piedrecillas sobre los 4130s. Cuando coronábamos las ultimas rampas de la primera etapa nos encontramos con un colega cicloviajero en apuros: tensor doblado, cadena atascada y un radio roto, pero dado que en este gremio nos caracterizamos por el espíritu de cooperación, desplegamos nuestro arsenal de herramientas y los Mario y Jose Pacheco se pusieron en el trabajo. Vestido con la camiseta de “La Roja” Gonzalo Bolados se convertiría a la postre en otro gran amigo de la banda. Gonzalo es un tipo calmado y sencillo, odontólogo de profesión, pero surfista de corazón, vive en la región de Antofagasta al norte de Chile donde a través de su fundación Protección Oceánica trabaja y lucha por el cuidado de los mares. Logramos reparar su máquina y dejarle un par de cambios funcionado para poder llegar juntos a San Martín de los Andes. Seguro nos volveremos a ver con el viejo Gonza.

Aunque acumulábamos mucho cansancio en las piernas, pactamos estirar nuestra resistencia 300 kilómetros más para llegar a Bariloche y allí buscar algún hostal “barato” donde pudiéramos descansar un par de días de manera más efectiva.

Esos tres días de asfalto por la Ruta 40 fueron tranquilos. La carretera no presentaba grandes desniveles y los inmensos lagos que rodeábamos nos invitaban a parar y descansar mientras sacábamos fotos con nuestra memoria. En estos paralelos de Sudamérica la cultura de viaje y de vida al aire libre por parte de los locales es muy grande y existen muchas facilidades: lugares de campamento, baños, estacionamientos, tiendas.

Pasamos cuatro días en Bariloche. El tiempo nos mantuvo ocupados, además de descansar y cambiar repuestos de bicicletas, no escatimamos en caracterizar las incontables cervecerías artesanales que se encuentran dispersas por el centro de la ciudad. Tuvimos el placer de conocer a otro de los secos del Bikepacking de larga distancia: Tristan Ridley, un caballero inglés que lleva más de 60 sellos en su pasaporte y 3 años en la carretera y que se ha ocupado por mantener el estilo de aventura y exploración durante su viaje. Tristan había pasado harto tiempo en la Patagonia y nos sugirió rutas y destinos, estuvimos varias horas mirando mapas y degustando la oferta de ales del patio cervecero del Wesley. Nos comprometimos con Tristan a tenerle una ruta categórica para cuando llegue a Colombia, ¡vamos para esa!

Partimos de Bariloche pasado el mediodía, pedaleamos una etapa corta hasta el Lago Mascardi donde acampamos a la orilla de sus aguas. Al día siguiente la ruta regresaba nuevamente sobre el terreno destapado, a través de carreteras poco usadas y de senderos que componen la red de caminos llamada “Huella Andina”. Estos caminos han existido hace mucho tiempo y en 2008 varias instituciones locales empezaron su recuperación y señalización para generar acceso a esta experiencia natural, desafortunadamente el Gobierno retiro su apoyo. El grupo local Cycling Patagonia ha venido trabajando en la habilitación de partes del sendero para ser recorridos en bicicleta y gracias a ellos conseguimos el archivo GPX de la ruta. El trazado es de cinco estrellas, a veces es muy cerrado y la vegetación reclama su lugar, pero con calma y agrado se puede transitar y abrir el camino. Así mismo hay incontables secciones pedaleables por el bosque que nunca vas a olvidar, en especial el descenso hacia el Lago Steffen sobre el cual acuatizamos a sus bondades. Esa noche llegamos al Camping Kaleuche a orillas del Río Manso con algunos panes, frutas y vinos frescos. Mientras la tarde despuntaba en un cielo inmenso de muchos azules, nos dábamos un baño en el Rio Manso, cálido y benefactor, festejando otro gran epilogo de los días del Monteadentro.

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Nuestra llegada al Bolsón distó años luz de cómo nos la habíamos imaginado, en especial para Sergio y Jose Pacheco quienes eran los que más querían atracar en esta villa. Ese día el grupo se había dividido y Mario y Sergio rodaban unas horas atrás de los otros tres. El último tramo de la etapa conectaba un resort de ski abandonado con una carretera de tierra, a través de un bosque con caminos estrechos, ramas, raíces y pedazos técnicos. Un tronco sobre el camino dinamitó el equilibrio de Sergio quien cayó al piso y fue herido por una rama traicionera a la altura de la cadera. La sangre y su color teñían con angustia un escenario ya complicado. Sergio empezó a sentir un dolor muy fuerte y el afán por comprimir la herida con trapos y ropas le impedían lidiar con la bicicleta, así que escondieron el equipaje en el bosque para escapar caminando. Mario tomo la avanzada en aras de buscar ayuda, encontró a un trabajador de la zona quien aviso por radio a una finca cercana sobre la novedad. Cuando Sergio y Mario llegaron a la finca, un par de horas después, un enfermero estaba allí para prestar un primer auxilio y a los pocos minutos llego una ambulancia que a la postre llevaría a Sergio al hospital del Bolsón a eso de las 8 de la noche.

Esta situación nos conmovió mucho, nos dolió y nos dio tristeza ver a Sergio en esas. Estando en el Bolsón a finales del verano, después de lo que ha pasado este último tiempo no quieres estar pasando las noches en un cuarto de hospital. Por el lado positivo, despertamos un sentimiento de solidaridad y fuimos llamados a la reflexión por parte del destino, aún benevolente. Por unos 4 o 5 días estuvimos en el Bolsón, visitando a Sergio, llevándole chocolates y panecillos, acompañando con conversa sus monótonas horas de reposo y recuperación.

El Hospital del Bolsón acogió a Sergio con todos los cuidados y afectos posibles. La atención, la alimentación, el cuidado y los cuatro puntos de sutura fueron de primera excelencia y no consto ni un peso. “La salud es gratis en la Argentina gracias a Perón!, que no se te olvide eso ché…” nos recalcó Santiago, una amistad pasajera, cuando le contábamos de nuestra situación en una noche de cervezas en el hostal-bar donde nos habíamos guarecido a un par de cuadras del Hospital. Sergio quedo instalado en un hospedaje cómodo y hogareño, con su equipo ordenado y medicamentos completos. Acordamos que nos encontraríamos más adelante donde el pudiera llegar en bus, y que estaríamos en contacto para ver como evolucionaba su recuperación y así ajustar la estrategia de reencuentro.

Establecimos un nuevo record mundial de la pernicia, al largar la etapa 117 pasadas las cinco de la tarde, con una buena dosis de Quilmes en la guantera para festejar el onomástico de Diego Supelano, faltaba más. Esa noche carpamos cerca del Lago Epuyén y ofrecimos un banquete de hamburguesas. Al otro día partimos en dirección al Parque Los Alerces. Lo más conveniente para nosotros era refugiarnos en el parque por unos 3 o 4 días, con calma, haciendo tiempo mientras Sergio se recuperaba, aprovechando el descanso de los lugares de camping, los lagos, las montañas, los ríos. El Parque Nacional Los Alerces es patrimonio de la humanidad debido a su inmensa riqueza y esplendor natural, y dado que arribamos formalmente fuera de temporada, principios de abril, no tuvimos que hacer ningún pago de ingreso.

A eso del cuarto día continuamos nuestro camino hacia el pueblo de Trevelin, tanta modorra en el parque nos estaba mal acostumbrando. Al llegar a Trevelin paramos en un pequeño restaurante con wifi y encontramos una bonita sorpresa: Hana y Mark estaban a un par de kilómetros del pueblo y nos juntamos nuevamente. Nuestras líneas de deseo coincidían por los próximos cientos de kilómetros. Ambos equipos seguíamos un camino remoto e interesante que ha venido ganando popularidad en el gremio y que consiste en pasar a Chile por el paso de Las Pampas y conectar los poblados de Lago Verde y la Tapera a través de La Ruta de los Troperos. Así las cosas, partimos en compañía hacia el sur.

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De a pocos el viento se empezaba a sentir más frio e intenso, parar a comer o a sacar una foto implicaba ponerse algún abrigo y los paisajes se hacían más extensos y solitarios. Pasamos por el Lago Palena o Vinitter, cada país le tiene su nombre, y acampamos en una bonita pradera junto al espejo de agua. Regresamos nuevamente a Chile a través del épico paso de Las Pampas, un control donde no se realizan muchos trámites pues es posible cruzar solamente caminando, a caballo, o en bicicleta, hay varios ríos y la carretera es estrecha y pedregosa. Cruzar la frontera implicó literalmente, abrir un portón de madera y cambiar de feudo.

En Chile llegamos al pequeño pueblo de Lago Verde, allí los trámites migratorios fueron algo más estrictos y los carabineros nos abordaron con un formato en el cual declarábamos no haber sufrido síntomas de fiebre o malestar, pues se temía el brote infeccioso de una tal enfermedad llamada Coronavirus. No prestamos mucha atención pues el día había estado lluvioso y queríamos armar las carpas, cambiarnos de ropa y comer algo caliente. Esa noche acampamos a orillas del Lago Verde entre una atmósfera muy húmeda y pacífica.

Las dos etapas siguientes hasta La Tapera fueron supremas. Este camino ha sido usado desde hace mucho tiempo por indígenas y lugareños para transportar sus animales, y dada la existencia de la Carretera Austral a unos pocos kilómetros al occidente, este trazado no recibe obras de mantenimiento ni atención. Esto supone un lugar solitario, lleno de aventura, humedad y vegetación, las pendientes son exigentes y sobre un terreno difícil. Encontramos varias secciones en descenso sobre tierra húmeda y con curvas en peralte, es imposible describir la energía que se siente al ir bajando a gran velocidad por estos caminos en una bicicleta en la que toda tu vida va empacada en unas maletas.

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Un último cruce de rio no separaba de La Tapera. Los planes de Hana y Mark apuntaban a desviarse un poco al norte para visitar el Parque Nacional Pumalín, mientras que nosotros seguiríamos hacia el sur tomando la Carretera Austral, así que ofrecimos una velada de despedida con buenas cantidades de vino y cerveza. Esa noche prendimos una tenue fogata, hablamos de temas más profundos e íntimos de nuestras vidas. En siete mil kilómetros de viaje nos habíamos juntado tres veces para rodar, una bonita amistad entre “El estado del arte” y los “Cinco hermanos colombianos” se había forjado. La relación que desenvolvimos con Hana y Mark significa mucho para nosotros, es una señal muy grande del destino, es una circunstancia que nos da una motivación muy grande para seguir creciendo en esto del ciclismo de aventura.

Si a la mañana siguiente alguien nos hubiera dicho que esa sería nuestra última etapa lo habríamos tildado de loco orate demente. Salimos a la Carretera Austral hasta el pequeño pueblito de Villa Amengual, entramos a un supermercado a comprar algo de comida y la señora que atendía en el mostrador se exalto con nuestra presencia, otros clientes que estaban en el local se alejaron y se taparon la cara. Algo raro sucedía. Al rato conseguimos conexión a internet y mientras comíamos un pequeño emparedado con gaseosa, nos empezábamos a enterar que el mundo se estaba desbaratando y que una enfermedad llamada Coronavirus 19 ponía en jaque mate a toda la humanidad. En las 3 horas que estuvimos pegados a la red comunicándonos con amigos y familiares para comprender mejor la situación, Argentina cerro sus Parques Nacionales y la frontera por la que deberíamos pasar en un par de semanas. Colombia anuncio que sus aeropuertos serían clausurados en 3 días.

De manera acertada Jose Román visualizo que se venía una coyuntura nunca vista por nosotros y que debíamos poner todo nuestro empeño en regresar a casa lo más rápido posible y se hecho al hombro la “operación éxodo”. Siendo las 11 de la noche contratamos una camioneta que nos llevó hasta la ciudad de Coyhaique a dos horas de camino. Nos despedimos de Mark y Hana con un fuerte y melancólico abrazo, 24 horas antes fantaseábamos con llegar al Tierra del Fuego en un par de meses y ahora nos estamos diciendo hasta luego. Al llegar a Coyahique fuimos rechazados en varios hospedajes pues se habían reportado dos casos del virus en la ciudad y el enemigo principal era el turista. A eso de las 3 de la mañana conseguimos acomodo e inmediatamente empezamos el proceso de compra de pasajes aéreos, apenas tuvimos un día para conseguir cajas para las bicicletas y empacar. Para entonces Sergio aún no se había reunido con nosotros de vuelta, venia un poco más al norte a ritmo lento dándole tiempo a su humanidad de cicatrizar su herida. Pudimos comunicarnos y reencontrarnos en Coyhaique, un saludo agridulce pues daba alegría verlo sano y salvo, pero bajo una circunstancia diferente. Todos teníamos una especie de corto circuito en la cabeza, nuestro espíritu no lograba entender lo que estaba pasando.

A la mañana siguiente un microbús nos llevó al aeropuerto Balmaceda donde muchos turistas se enfrentaban a la misma situación que nosotros. En el aeropuerto de Santiago gastamos nuestros últimos pesos en un buen almuerzo con cervezas y cruzábamos los dedos pues veíamos cómo en las pantallas el letrero de “cancelado” aparecía en más y más vuelos. Abordamos el avión de Lan de regreso a Bogotá y en la misma aeronave venia el equipo de ciclismo Inder Medellín quienes días anteriores habían conquistado el Gran Premio de la Patagonia con el escarabajo Jose Tito Hernández. En la comitiva se encontraba Fabio Duarte, campeón vigente de la Vuelta a Colombia y excampeón mundial sub 23, y Oscar Sevilla “el niño”, figura del pedalismo mundial. De manera pueril y tratando de librar el estrés y la frustración de la situación, nos mofábamos diciendo que en ese avión viajaba la crema y nata del ciclismo colombiano.

Casi tres meses después de aterrizar escribimos este último párrafo de las vivencias del proyecto Rodando Los Andes: Un viaje al fin del mundo, el cual voló por 7.319 km a orillas de la Cordillera de los Andes. Al ver la crisis que se desencadeno en todo el planeta no podemos sentirnos más que afortunados de haber conseguido llegar a casa sanos y salvos, pero fue muy duro escapar de esta manera, cuesta trabajo entender que esta es la realidad. Aunque quedó un saldo de 3.000 km y no pudimos hollar los 55 grados de latitud sur donde habíamos establecido nuestro “fin del mundo”, consideramos que cumplimos con los objetivos pactados. Mantuvimos el estilo de la aventura, superamos las dificultades más grandes del camino y dejamos la bandera por lo alto. Crecimos como seres humanos, somos personas diferentes, hemos cumplido un sueño, y atesoraremos esta personal para siempre. Pero sobre todo nos hemos vueltos adictos a los viajes en bicicleta.

Volveremos!

EL CAMINO DEL PEHUÉN

tierra de las araucarias milenarias

El paisaje de este lado de la Cordillera es muy diferente. La humedad del océano pacífico se acumula en las montañas dando lugar a ecosistemas y paisajes con gran riqueza natural; inmensos bosques de pino y araucarias, ríos, cascadas y aves, muchas aves. Estas tierras son poderosas; Los Mapuches detuvieron la expansión de los Incas y no permitieron a los españoles continuar con su colonización hacia el sur. Los caminos de tierra y senderos al borde de la cordillera avistando volcanes nevados, ha sido de las experiencias más vivas y emocionantes de este viaje. Este post incluye GPX de la ruta.

Nuestra estadía en Santiago se extendió más de lo previsto. Por un lado, las bicicletas necesitaban repuestos y mantenimiento y por otro lado estábamos muy cansados y golpeados luego del cruce de la Cordillera. Aprovechamos la comodidad y el internet de banda ancha de la casa de nuestro amigo Daniel Prado para investigar la mejor línea de viaje hacia el sur, la cual nos llevaría a descubrir hermosos tesoros naturales, senderos de cinco estrellas, y amables comunidades por las regiones del Biobío y la Araucanía chilena.

Chile es un país angosto y alargado, esto implica que no existan muchas vías en sentido norte sur adicionales a la Carretera Panamericana; un monstruo de pavimento que acapara el tráfico de vehículos, sobre todo camiones, que viajan a alta velocidad generando riesgo y ruidos estridentes. Un lugar indeseable para nosotros. Partimos de Santiago evitando la Panamericana, haciendo zigzags por carreteras igualmente asfaltadas. La región metropolitana alberga casi 8 millones de personas con una baja densidad urbana, por lo cual durante los primeros dos días no conseguimos cambiar de paisaje y parecía que estábamos atravesando barrios que se repetían una y otra vez. Aunque los días posteriores el paisaje se hizo más natural, no conseguimos salir del pavimento ni estar cerca de las sensaciones de soledad y aventura que ya le habían dado carácter a nuestro viaje. Nuestras investigaciones indicaban que teníamos que llegar hasta la ciudad de Chillán, a 400 kilómetros al sur de Santiago, para encontrar un camino que por fin nos llevaría a montarnos en la Cordillera, así que tuvimos que templar la cabeza y devorar aburridos kilómetros.

En una de las etapas llegamos al municipio de Linares y mientras preparábamos la comida, una pareja de colombianos que venían viajando en su carro-casa llegaron al campamento. Carlos y María Clara son dos empresarios afincados en República Dominicana que han viajado por todo el mundo en su caravan. A la mañana siguiente nos despertaron con pan de yucas, ¡pan de yucas!, fue mágico como con el primer mordisco viajamos miles de kilómetros y nos sentimos cerca de casa, una bonita melancolía. Carlos y María Clara se despidieron con abrazos, expresándonos todo su admiración y orgullo, y nos repitieron cientos de veces que nos cuidáramos mucho, como unos padres que veían en cada uno de nosotros a sus hijos.

A medida que avanzába el camino, navegábamos sobre los mapas digitales buscando las mejores opciones para ubicar los lugares de dormida. Mientras almorzábamos en el municipio de Parral notamos un símbolo de campamento a unos 20 kilómetros de distancia, muy cerca del sombrío y tétrico poblado de Villa Baviera donde habitan oscuros recuerdos de genocidios cometidos por migrantes alemanes a niños y habitantes de la zona, al parecer con la anuencia del gobierno de Pinochet. Pero mi Dios y la Virgen cuidan a sus borrachitos, mientras nos dirigíamos hacia dicho punto sobre el mapa, encontramos un desvío hacia el Camping San Manuel donde las sensaciones dieron un giro de 180 grados. Este lugar a orillas del rio Perquilauquén hace parte de un extenso terreno propiedad del señor Don Pato y su esposa Lore donde todos los años se celebra el festival de rock independiente más grande de Chile: El festival Woodstaco.

Nuestro arribo coincidió con la víspera del festival y nos topamos con una banda de cabros buena onda que trabajaban a toda máquina alistando el espacio para recibir los tres días de concierto. Toto Gimeno, uno de los lideres de Woodstaco, había realizado un viaje en bicicleta de 4 meses por Europa y de inmediato simpatizó con nuestra causa. Nos invitó a pasar por su colonia, donde alrededor de un toldo, una nevera, un fogón de gas y varias carpas dispersas en el lote, llevaban viviendo más de un mes. Toda la gente nos recibió con gran amabilidad y nos colmaron de piscolas, vinos y cervezas, compartimos una memorable noche al lado del fuego oyendo rock y compartiendo historias del camino. A la mañana siguiente acusamos lesión total de la testa y aprovechando la buena energía del lugar nos quedamos una noche más. Encontrarnos con Woodstaco fue una especie de revelación. Este proyecto nació hace doce años, producto del azar y las buenas voluntades cuando un grupo de amigos invitaron a la banda de rock Los Gatos Negros para que tocaran en la ciudad de Curicó. Los Gatos aceptaron y de manera improvisada acomodaron un escenario en la sala de la casa de alias “Enaco”, y la ciudad vivió una inolvidable noche de rock clandestino. Para el año siguiente el público reclamo otra junta musical y con más tiempo y organización, pero con la misma pasión por el rock, celebraron otro concierto. Este auténtico entusiasmo ha venido crecido hasta llegar a su duodécima edición, con más de 6.000 asistentes y 40 agrupaciones en escena. Nos llevamos de Woodstaco un bonito ejemplo de creer en las cosas que despiertan nuestra curiosidad, de meterle trabajo y constancia a esos impulsos de la imaginación y de darle rienda suelta a los sueños.

Con una nueva dosis de energía retomamos nuestro camino en dirección hacia la montaña. Cruzamos por los pueblos de Pinto y Pemuco logrando burlar la Panamericana y evitando bajar a Chillán, hasta que llegamos al municipio de Polcura. Hasta aquí habíamos rodado unos 700 kilómetros sobre terreno asfaltado, ahora la carretera era nuevamente destapada y empinada; nuestro hábitat preferido.

La ruta que en adelante seguiríamos fue desarrollada con mucho trabajo e investigación a cuestas y no teníamos certeza si era posible realizarla en bicicleta. Por un lado, nuestra línea se traslapaba con el “Greater Patagonia Trail”, un sendero cuya reputación sugiere un gran desafío para caminantes y luego de indagar en foros y comunidades virtuales no conseguíamos respuestas alentadoras. Por otro lado, el señor Iohan Gueorguiev, conocido por sus excursiones extremamente rudas y descomunales empujando bicicletas por el monte, nos había dicho que “era posible pero difícil”, aunque no conocía la totalidad de la línea que estábamos planteando. Finalmente habíamos leído en diferentes páginas que muchos ciclistas que se aventuraban por esta zona habían tenido dificultades con las comunidades indígenas Mapuches y Pehuenches que habitan por estos lugares y que habían detenido su paso, o que al menos habían pasado momentos incomodos. Sin embargo, unos días antes de iniciar la ruta hicimos contacto con el señor Skyler des Roches, quien goza de grandes pergaminos en la cultura del ciclismo de aventura; fue el primero en aventurarse por la Ruta de los Seismiles, es un conocedor de los Andes chilenos tanto en excursiones en bicicleta como de montañismo y es uno de los cerebros detrás de la marca de equipamiento Porcelain Rocket. Skyler nos compartió una ruta que había realizado unos años atrás y nos sorprendimos al notar que se traslapaba con nuestra línea en un 90%. Esta situación nos dio bastante confianza y fue grato darnos cuenta de que nuestro sexto sentido bikepackero se iba afinando, pues nuestra arquitectura mental se empezaba a asemejar a la de los duros.

Luego de 17 kilómetros en ascenso coronamos la Laguna del Laja que se esparce por las faldas del imponente Volcán Antuco. Rodeamos la laguna hasta llegar al refugio militar Mariscal Alcázar donde una vez más fuimos bienvenidos. Los soldados nos ofrecieron un buffet de sopaipillas, tortillas trigo infladas, y pebre, aderezo de tomate y cebolla picante. Este ligero platillo es tradicional del país austral y es muy fácil volverse adicto a esta sazón. El volcán Antuco y las Fuerzas Militares comparten una lánguida historia conocida como La Tragedia de Antuco: en mayo del año 2005 tras las órdenes desatinadas de cuatro oficiales del ejército, un regimiento que prestaba el servicio militar fue obligado a marchar por las laderas del volcán durante una nevada donde las temperaturas llegaron a los 30 grados bajo cero causando la muerte por hipotermia a 45 jóvenes.

La carretera que veníamos siguiendo continúa hacia Argentina por el paso fronterizo de Pichachen, pero nuestro derrotero se desviaba hacia el sur por senderos paralelos a la línea divisoria. De inmediato empezamos a encontrar caminos delgados que se colaban por entre el bosque con algunas secciones de “hike a bike”, troncos caídos y deslizamientos de tierra. Luego de un descenso técnico con muchas curvas en herradura arribamos a la comunidad de Trapa Trapa, en el camino Sergio perdió el equilibrio y se rodó por una de las laderas sufriendo varias raspaduras y golpes. La situación ameritaba un día de descanso, pero Sergio no se hizo con ningún padecimiento ni excusa y estuvo firme para tomar partida el día siguiente. La ruta continuaba desenvolviéndose de manera positiva, las secciones pedaleables eran largas y cómodas, poco a poco empezaban a aparecer cruces de rio cada vez más grandes, pero con poca profundidad y sin corrientes temerosas. El 12 de febrero acampamos en un bonito valle rodeado de bosques y montañas y levantamos una fogata para celebrar el cumpleaños número 31 de Mario.

A la mañana siguiente tuvimos que apelar nuevamente a la paciencia y a la calma de otras secciones del viaje, pues en frente de nosotros se levantaba una loma de 3 kilómetros muy angosta con piedras grandes y arbustos espinosos donde tuvimos que empujar las bicicletas durante 4 horas. El esfuerzo fue bien recompensado y una vez en la cima, rodamos por senderos de tierra avistando volcanes nevados y los primeros bosques de Araucarias. Ese día llegamos a la Laguna El Barco, donde casi no cabía una carpa más y tuvimos que tender nuestro campamento en la orilla del lago exponiéndonos un poco al viento, aunque esto no impidió encender fuego y pasar momentos agradables.

monteadentro bikepacking

El camino siguió por carreteras de tierra con muy poco tráfico de vehículos. Llegamos al municipio de Lonquimay donde se celebraba la fiesta del chivo; una muestra gastronómica rodeada de conciertos y carreras de caballos. El camping municipal a orillas de un lago resultaba cómodo para tomarnos un buen descanso. Al día siguiente empezamos a encontrarnos con espesos bosques de Araucarias, arboles pertenecientes al género de las coníferas que son consideradas “fósiles vivientes”, es decir que no han experimentado evolución molecular ni cambios en su forma desde tiempos muy distantes, de ahí que se les acuñe el termino Araucarias Milenarias. Sus semillas, conocidas como piñones, son una fuente de alimento rico en proteínas. En lengua Mapuche los árboles de Araucaria se denominan Pehuén.

A lo largo de este camino empezaban a aparecer con mayor frecuencia banderas Mapuche, acompañados con consignas abogando por la existencia y reconocimiento de su pueblo, escritas en castellano y en su lengua; el Mapudungun. Las etnias indígenas de esa región; los Mapuches, Tehuelches y Pehuenches no pudieron ser derrotados por los Incas durante épocas precolombinas ni ser conquistados por los españoles. De ahí que su fama de tenaces guerreros con recio carácter trasciende fronteras y generaciones. Estos pueblos han sido expugnados de sus tierras y explotados por grandes compañías madereras, y como ha sucedido en los países neoliberales de América, olvidados por sus gobiernos.

En algún momento de la ruta nos encontramos con un cerco sobre la carretera junto a un campamento Mapuche. Uno de los hombres se asomó y nos hizo un gesto para que prosiguiéramos. Nos invitaron a pasar a su refugio, nos brindaron chocolate caliente con galletas y compartimos una agradable charla. Este encuentro, sumado a otros durante los días anteriores, desvanecieron cualquier duda sobre el carácter de estas personas; siempre fueron amables, se dirigieron a nosotros con una sonrisa y fueron gentiles al indicarnos el camino. La gente dice muchas cosas, pero lo único que es cierto es que la decencia no pelea con nadie y mientras tengamos intenciones limpias y respeto, las cosas no tienen por qué salir mal. Esa tarde llegamos a Melipeuco donde fuimos a cenar a un restaurante de categoría especial ya que Sergio celebraba su trigésima cuarta vuelta al sol.

Durante los días siguientes atravesamos parte de los parques nacionales Conguillío y Villa Rica, rodeando gigantes volcanes como el Sollipulli y el Villa Rica a través de senderos solitarios cortados por incontables ríos y bosques de exuberante riqueza natural. Llegamos al poblado de Coñaripe, una de las cabeceras turísticas de la zona, y el Lago Calafquen nos recordó a las playas de Santa Marta o Cartagena durante la temporada alta. En una última jornada de 60 kilómetros llegamos al Lago Pirihueico donde abordamos un ferry que nos conduciría nuevamente a la Argentina. Nunca pensamos que la sensación de atravesar este lago a bordo del planchón fuera tan emocionante; sentir el viento frio en la cara y contemplar un paisaje tan hermoso mientras el sol despuntaba detrás de las montañas pone a volar la imaginación y sosiega el espíritu.

Mientras compartíamos unos vinos, camuflados en las botellas de acero inoxidable Klean Kanteen, sobre la cubierta del ferry, nos dábamos cuenta de que una vez más nos habíamos salido con la nuestra. Teníamos muchas expectativas de esta parte de la cordillera; los volcanes, las araucarias, los pueblos mapuches… y las habíamos satisfecho con creces. Nunca en la vida nos habíamos sentido tan inmersos en la naturaleza. En el camino nos encontramos con muchas personas amables que nos ayudaron y dejamos bonitas amistades que esperamos visitar en el futuro. Gracias Chile, un pedazo de nuestro corazón se ha quedado en esta tierra.

bikepacking entry 2
el camino del pehuen relato foto
bikepacking entry 1

Mapa y GPX

EL CRUCE DE LOS ANDES

la ruta del capitán lemos

Cuenta la historia que en 1.817 durante las guerras de independencia sudamericanas el General José de San Martín ordenó al Capitán José León Lemos que remontara la cordillera con 155 hombres a través de las abras de Portillo y Piuquenes para diezmar las fuerzas realistas que se apostaban en el Cajón del Maipó y distraer a los españoles, mientras que el frente principal con tres mil hombres a la vanguardia cruzaba por el paso de Los Patos unos kilómetros más al norte. Así mismo, cuenta la historia que en 1.823 luego de haber conseguido liberar a Chile y al Perú junto a Bolívar, San Martín regresó victorioso a la Argentina por el paso del Portillo donde al llegar se apostó a descansar bajo la sombra de un manzano.

Habíamos llegado a Mendoza luego de siete etapas a las que denominamos de “transición”. Desde Guandacol los caminos destapados se habían perdido y en cambio una línea directa y asfaltada, pero paralela a la concurrida Ruta 40, se dibujaba como una opción aceptable entre rapidez y algo de soledad. El calor inclemente castigó nuestras humanidades y el afán de perseguir los vientos frescos del sur nos empujaron a tacar etapas largas; de noventa y cien kilómetros en promedio. Jachal, Rodeo, Calingasta, Barreal, Uspallata son poblados concurridos durante las vacaciones de los argentinos y disponen de campamentos municipales y de infraestructura para el viajero, lo cual nos permitió avanzar con agilidad, comodidad y algo de economía. En una de las etapas visitamos el parque El Leoncito donde habíamos pactado un encuentro con Alejandro Miranda, uno de los amigos que habíamos hecho meses atrás en San Antonio de los Cobres. Alejo fue guía de montaña en el macizo del Aconcagua por 10 años y trabaja con compañías de exploración a lo largo de la cordillera, por lo cual teníamos muchos temas en común y nuestras conversaciones eran gratas y de mutuo interés. Esa noche Alejandro se despachó en un auténtico asado gaucho y nos dejó claro porque los argentinos tienen esa gran fama de parrilleros y de buenos anfitriones ante el fogón. Mendoza nos sorprendió, nos gustó mucho; es una ciudad tranquila con calles y andenes amplios que se sienten cómodos bajo la sombra de árboles gigantes que mantienen fresca a la capital vinícola de América.

Nuestro derrotero de viaje implicaba cruzar la Cordillera en algún momento, pero dentro de nuestro estilo, cada vez más consolidado de ciclistas de aventura, este hito debía ser significativo. Queríamos remontar la espina dorsal de América a través de un paso con historia, con mérito, queríamos algo especial. Habíamos visto en las crónicas de otros viajeros, como Iohan Gueorguiev, Nación Salvaje y otros ciclistas locales que era posible cruzar por el Portillo, pero fue realmente por la sugerencia convincente de Nathan North que decidimos ir.

Salimos de Mendoza con el retraso habitual de cuando se retoma la carretera luego del descanso. Cuesta un poco más salirse de las cobijas. Por las goteras de la ciudad se establecen inmensos viñedos, muchos de ellos con una gran historia a cuestas y cuya reputación es grande dentro del reino de Baco. No pasa todos los días y entonces nos dimos la oportunidad de degustar amplias variedades y cantidades de vino tinto. Así las cosas, llegamos al poblado del Manzano Histórico un día fuera del cronograma, encontramos alojo fácilmente en el camping municipal, el cual servía como residencia casi permanente de comerciantes y trabajadores que están allí durante el verano y por lo tanto el guateque se extendió toda la noche y no conseguimos descansar con plenitud.

Desde el Manzano, a 1.800 metros de altura, el cruce de la Cordillera se podría visualizar como un trapecio; remontar hasta el Abra de Portillo a los 4.200 metros, atravesar los valles y mesetas de Los Andes hasta el Abra de Piuquenes a 4.000 metros, y de ahí bajar nuevamente hasta el majestuoso Cajón del Maipo en territorio chileno. Salimos del Manzano muy temprano, pues además del montañón que teníamos en frente, era necesario hacer diligencias migratorias del lado argentino y dado que llevábamos unas tres semanas por debajo de la cota de los dos mil metros teníamos que coger las cosas con calma pues no sabíamos cómo iba a responder el cuerpo con la altura. La pedaleada fue muy agradable, todos encontramos un buen ritmo sobre las bielas, y el trazado de la carretera exageraba con curvas y contra curvas en herradura que amainaban la pendiente de manera considerable. Luego de rodar 35 kilómetros por una carretera en buen estado, los últimos 800 metros antes de coronar el Abra se convertían en un camino rocoso y angosto con pendiente de más del 20%, empujar las bicicletas en estas condiciones es lento y doloroso. Pero esto solo era un ligero abrebocas de lo que la montaña tenía al otro lado de la arista.

Coronamos el alto y nos asomamos sobre la otra vertiente de la cordillera donde divisamos un mar de rocas sin ningún camino aparente. Nos quedamos en silencio, confundidos, mientras que a lo lejos se oía el crujir de las masas glaciares desprendiéndose y retirándose. Un cóndor voló en el cielo azul, tomamos esto como una señal de buena premonición y como un gesto de bienvenida, así que nos fuimos a mansalva dando tumbos por entre la morrena. En este tramo las bicicletas sufrieron mucho, se golpearon por todos lados, así como nuestras espinillas que recibieron incontables golpes de pedal causados por las piedras que devolvían las bielas con violencia. Empezamos a encontrar huesos muy grandes y esqueletos de caballos, luego supimos que cuando un mular tiene alguna dificultad y no puede continuar el camino los arrieros optan por sacrificarlo, pues pretender un rescate en este lugar no es sensato ni rentable. Cuando el sol estaba por caer, llegamos a un vallecito donde un grupo de caminantes había levantado campamento, los imitamos y montamos allí la colonia colombiana. Esa noche nos fuimos a dormir con un sinsabor, estábamos orgullosos de haber escalado ese puertazo de 2.600 metros de desnivel con tal solvencia y la memoria de nuestro cuerpo parecía tolerar muy bien la altura, pero desde el paso del Portillo hasta el campamento no habíamos conseguido rodar ni el 10% del camino. Si esto se iba a mantener, debíamos prepararnos para tres días más de empujar las bicicletas por un pedregal.

Una de las dificultades principales de esta ruta radica en cruzar el Río Tunuyán. Por supuesto existen mil historias de caminantes que han caído en sus aguas pasando angustias y dentro del gremio, la anécdota de un ciclista español al que el río se le tragó la bicicleta y el equipaje y llegó dando tumbos al refugio con visos de hipotermia y despojado de toda pertenencia. Así las cosas, nos levantamos temprano, pues a medida que avanza el día, el sol derrite la nieve y el cauce del río se hace más grande. En el camino al Río Tunuyán se encuentra el Refugio Militar Real de La Cruz donde llegamos luego de un par de horas de haber iniciado el camino. Fuimos recibidos por el capitán Aldo Tula quien se ensaño con nosotros para atendernos y brindarnos comodidades. En ese mismo momento, un grupo de exmilitares y familiares organizados como un club de senderistas celebraban por vigesimosegunda ocasión el cruce sanmartiniano del Capitán Lemos, así que en el refugio pululaban las provisiones y facilidades logísticas, por lo cual decidimos quedarnos el resto del día y dormir ahí con la idea de partir temprano a la mañana siguiente. Al final del día cuando todos los caminantes habían regresado al refugio, la cocina se puso a trabajar a toda máquina y varios soldados y arrieros se apostaron en las afueras del refugio a tomar vino y a cantar milongas gauchas. Nuestra presencia no pasaba inadvertida, ya que las bicicletas con ruedas anchas y cargadas de bártulos llamaban la curiosidad de los presentes, así entre conversa, guitarra, trova, y vino compartimos una agradable noche con nuevos amigos.

La corriente del Río Tunuyan es cosa seria y tuvimos que valernos de la ayuda del ejército para cruzar a lomo de mula, a cambio de una generosa propina por supuesto. Al otro lado del río encontramos caminos más amables por los que pudimos pedalear varios metros hasta encontrarnos con otro río sobre el cual no habíamos sido advertidos y que no aparecía en los mapas. La fuerza del río no era nada despreciable; el agua bajaba muy fría y superaba la margen de nuestras rodillas. Resolvimos cruzar cada bicicleta entre tres o cuatro de nosotros, maniobra que encontramos bastante eficiente y segura y a la cual denominamos “¡que viva Pasto carajo!”. Por fortuna el clima estuvo soleado y conseguimos secar las botas y ropas durante el día. Atravesar la meseta entre las Abras de Portillo y Piuquenes resultó placentero pues las secciones pedaleables eran largas e interesantes. Fue muy emocionante estar montados en pleno espolón de Los Andes, rodando por caminitos angostos, envueltos entre paisajes solemnes e imaginar al Capitán Lemos y a su tropilla de 155 soldados marchando por estas tierras en busca de nuestra libertad. Ese día rendimos bien y logramos empezar el ascenso hacia el Abra de Piuquenes, tendimos campamento en una terraza habitada por inmensas liebres silvestres y con un arroyo de agua fresca a pocos metros.

Para la última jornada se avistaban 800 metros de desnivel en los que había que empujar la bicicleta todo el tiempo. Por esta razón nos levantamos muy temprano y, sin indulgencias para con nosotros, le dimos duro. Remontar el abra de Piquenes fue una tarea ardua pero bien recompensada, pues la sensación de estar trepados en la cordillera era magnífica, pudimos avistar inmensas montañas nevadas, una tras otra, grandes ventisqueros y valles que se proyectaban hasta el infinito. Arriba en el Abra, almorzamos y sintonizamos nuestra radio con música colombiana, pues habíamos venido invocando a nuestros ancestros criollos para que nos concedieran concentración, frialdad absoluta, y control total del miedo para este paso de cordillera.

Este paso de frontera, uno de los 42 que existe entre Chile y Argentina, es tan remoto que no existen puestos de control migratorio del estado chileno, solamente una pequeña torre de acero con una placa con el nombre de los dos países. Se supone que nadie pasa por acá, solamente caminantes y aventureros que están lejos de acometer alguna fechoría. Al otro lado del paso, ya en territorio chileno, el camino aguardaba un regalo como pocos en la vida; un espectacular descenso de 3 kilómetros al 20% sobre un terreno arenoso que brindaba seguridad y diversión. Nos tiramos de frente destilando adrenalina y emoción, llevando nuestra pericia y el poder de los frenos hidráulicos al máximo. Luego de este tobogán de arena, el camino continuaba en descenso, pero sobre una superficie más dura y menos inclinada, con varias montañitas pequeñas que se superaban con el impulso, una auténtica sección de “free ride”. 

Al final, solo quedaba un último cruce de río para reclamar nuestro premio; un baño en las termales del Plomo y destapar la botella de Malbec “Portillo” que el capitán Tula nos había regalado. Llegamos al cruce del río al tiempo que los caminantes que nos habíamos encontrado la primera noche. Ellos intentaron cruzar primero y la falta de experiencia de los guías se vio reflejada en la caída de una de las caminantes que de inmediato empezó a ser arrastrada por la corriente, por fortuna el grupo era grande y pudieron ayudarla con rapidez. Nosotros, por supuesto, hicimos gala de nuestra técnica de cruzar ríos, y cuando tocamos la orilla con la última bicicleta, gritamos, levantamos las manos, y celebramos, sin ponernos de acuerdo o haberlo premeditado. Este gesto reflejó mucho de lo que fue el Cruce de Los Andes para nosotros, pues a pesar de haber sido duro y difícil, habíamos ganado experiencia en los meses anteriores y esto nos permitió sentir confianza en nuestros movimientos. Fueron cuatro días de mucho compromiso y esfuerzo, pero también de diversión y de buenas sensaciones. Tras el paso del portillo, inscribimos con letras doradas en nuestra hoja de servicios uno de los seis cruces sanmartinianos del ejército libertador, lo cual nos confiere un honor muy grande dentro de nuestro espíritu e ideal suramericano. Para Mario y Jose Pacheco, este fue el segundo cruce libertador luego de haber cruzado años atrás por el Páramo de Pisba en Colombia.

Después de un merecido chapuzón y del brindis de la victoria, nos quedaba un camino largo hasta Santiago donde deberíamos realizar el trámite migratorio de ingreso a Chile. Por lo pronto estábamos de ilegales. Retomamos el pedaleo sobre una carretera destapada que discurría por uno de los valles más grandes de la tierra: El Cajón del Maipó. Desde esta perspectiva Los Andes lucen como grandes paredes verticales de roca gris y café, con cimas puntudas como si fueran los dientes de un tiburón. A los pocos minutos rodeamos el Embalse del Yeso, reservorio principal de agua potable para la zona metropolitana de Santiago, con vistas impresionantes de la cordillera reflejándose en el espejo de agua.

No logramos llegar a Santiago, nos detuvimos en el caserío de San Gabriel y conseguimos que en un camping nos recibieran pesos argentinos a una tasa de cambio justa. Al día siguiente nos reportamos en la estación de Carabineros de San Gabriel, pues los soldados argentinos nos habían sugerido que tan pronto viéramos una autoridad militar les notificáramos sobre nuestra presencia en el país. Los carabineros no son la autoridad migratoria de chile, es la Policía de Investigaciones (PDI), sin embargo, los carabineros nos ayudaron y se pusieron en contacto con la PDI; enviaron copia de nuestros pasaportes y recibimos a cambio un correo electrónico donde nos autorizaban transitar por el país con el compromiso de llegar a Santiago para hacer el trámite de ingreso a la mayor brevedad posible. Con ese documento en mano continuamos nuestro camino.

Llegamos a Santiago a eso de las cuatro de la tarde y hacía mucho calor. En las calles se podía sentir el espíritu de protesta y revolución que ha marcado la historia reciente de la ciudad, en especial en la zona central. Paredes con grafitis en contra de las autoridades, comercios dotados de puertas plegables de acero, vallas de contención de la policía, andenes y materas desmoronados, y una gran cantidad de personas viviendo en la calle en carpas y colchones. Luego de realizar el trámite en la PDI llegamos a la casa de nuestro amigo Daniel Prado Villar quien nos acogió en su apartamento por cinco días con una bacanería impresionante. En Santiago pudimos realizar muchas tareas que en Mendoza no fueron posibles, como conseguir llantas y pastillas de freno de repuesto y llevar los bujes de las ruedas a un mantenimiento, pues estaban muy afectadas por los cinco mil kilómetros que llevaban encima. En la casa de Dani nos acomodamos y descansamos luego de la paliza que el cruce de la cordillera nos había propinado, era necesario recuperar las fuerzas y alistar las bicicletas para continuar nuestro viaje hacia el sur del continente.

LOS SEISMILES SUR

"la otra mitad de la gloria"

Después de vivir 15 días en la Puna de Atacama y de haber salidos ilesos y motivados, otro itinerario con similares prestaciones se dibuja a en nuestra línea de deseo: La Ruta de los Seismiles Sur. Aunque sabíamos que la dificultad y extensión eran menores que la sección del norte, en estas alturas y terrenos nunca se puede bajar la guardia ni abusar de la confianza y mucho menos subestimar a la montaña. Una vez más la buena suerte se vino con nosotros y conseguimos solucionar el tramo de manera ágil y divertida durante las vacaciones de navidad.

Antes de salir de Fiambalá pasamos por el Hostal Don Pedro para despedirnos de Hana, Mark y Félix quienes aguardaban la llegada de unos repuestos y por lo tanto saldrían unos días después. Eso sí, acordamos juntarnos en Guandacol y celebrar el año nuevo con un poderoso asado; la buena fama de Diego como parrillero era sin duda un motivo para atender al reencuentro. Para los tres primeros días de pedaleo el menú solo disponía de una elección: escalada contundente, pues debíamos remontar desde los 1.500 hasta los 4.000 metros. La primera etapa fue quizás la más incomoda y desesperante del viaje; un puerto de 65 kilómetros bajo un sol picante que se reflejaba en el asfalto y adicionalmente cada uno de nosotros venía escoltado por una nube de zancudos que derrotaron nuestro buen humor. Esta carretera viaja en dirección al paso fronterizo de Aguas Negras y está dotada con refugios de emergencia, pues en el invierno las condiciones pueden ser serias y es común que los viajeros se queden atrapados en el camino. Ese día llegamos al refugio de Gallina Muerta el cual estaba muy sucio y con el agua turbia, apenas para concluir un día de malas sensaciones.

Al día siguiente volvimos al camino destapado luego de 30 kilómetros de pavimento, pasado el mediodía buscamos donde tender el campamento. Todos estábamos muy cansados, desmotivados, dormidos, con malos ánimos. Al parecer no recuperamos lo suficiente en Fiambalá, las piernas se sentían pesadas y en 90 días de viaje no habíamos tenido que lidiar con el sofocante calor ni con esas hordas de mosquitos asesinos. Ese día fue navidad y de manera muy especial tuvimos derecho a dos cucharadas adicionales de pasta y de puré de papas. Un poco después del atardecer apareció un rebaño de vacunos a quienes no les gustó que nos hubiéramos acomodado en su pastizal. Un toro de gran tonelaje y pitones prominentes relinchó con furia durante un buen rato no muy lejos del campamento, nosotros muy versados en la tauromaquia, solo podíamos quedarnos quietos y esperar que el barcino no confundiera las carpas con una muleta o un capote.

SeisSur8

El 25 de diciembre es un día festivo y lo celebramos como tal. Amparados en el estado de excepción de desgano y modorra que gobernaba al combinado nacional, firmamos una etapa de apenas 25 kilómetros y volvíamos a encontrarnos con la cota de los 4.000 metros donde ya no podían llegar los mosquitos. En otro refugio nos acomodamos e improvisamos una mesa de centro, y dada la abundancia de tiempo libre, nos sentamos a tomar café y a hablar de cosas no muy profundas de la vida.

En este paisaje existen varios monumentos naturales como el Volcán Pisis, el cerro Corona del Inca, y lagunas cundidas de flamencos. Así mismo, el subsuelo es explotado por compañías mineras y por lo tanto es común que algunos vehículos transiten por la zona. Sobre el cuarto día de pedal, una camioneta Renault Duster se detuvo y un porteño muy peculiar se bajó del carro aplaudiéndonos y vitoreándonos. Raúl Chavarro “El Chava” y “La Pato” son una pareja tal para cual que están enamorados de La Cordillera y modificaron el interior de la camioneta para viajar y vivir ahí dentro. Nos ofrecieron fruta, nos sacamos un par de fotos y antes de montarse nuevamente al carro “el Chava” nos propinó un fuerte abrazo y un beso en la mejilla a cada uno de nosotros y gritó un profundo y sentido “que viva Colombia!”. Un poco más adelante llegamos a un mirador donde en nuestro campo visual cabían a la vez lagunas verdes y azules, vegas, salares, pájaros, vicuñas y flamencos, por un rato estuvimos extasiándonos con tal expresión de la naturaleza, sintiendo como regresaba el poder a nuestras voluntades. El buen ánimo empezaba a retornar a las filas, el cuerpo volvía a entrar en ritmo de trabajo y nos sentíamos más cómodos en el aire frío.

Después del quinto día la carretera ya no era apta para vehículos y pilotos convencionales, así que no volvimos a ver automotores, esto nos devolvía la sensación de aventura y soledad. La buena aclimatación y el esfuerzo de ir ligeros daba sus réditos y pudimos avanzar con agilidad. El clima estuvo nublado la mayoría del tiempo y fue grandioso descansar del sol y de la radiación, así mismo el camino era pedaleable y no tuvimos que empujar las bicicletas ni un solo metro. Nuestra actitud era menos amateur, ya teníamos algunos galones para asumir esta ruta con diligencia.

Esta ruta pasa muy cerca de la frontera con Chile y termina interceptando el control migratorio de Pircas Negras, lugar al que arribamos al final de la séptima jornada. Fuimos bienvenidos en el complejo fronterizo donde nos ofrecieron camarotes para pasar la noche, pero antes teníamos que pasar por una requisa. Somos tan pocos los que cruzamos por Pircas Negras que el aburrimiento de los funcionarios era evidente, al punto que practicaron una prueba de narcóticos sobre la harina del puré de papas, pero no pudieron dar con el resultado ya que nunca habían utilizado el kit y no sabían cómo funcionaba.

Al día siguiente remontamos un puerto de 8 kilómetros de asfalto a muy buen ritmo, la noche bajo techo nos permitió un buen descanso. Pasado el mediodía recargamos agua en un minúsculo arroyo y al momento de retomar el camino, los GPS y celulares se quedaron pasmados e inmóviles durante varios minutos por lo cual tuvimos que progresar a campo traviesa hasta que salimos de ese “triángulo de las Bermudas”. Armamos campamento junto a unas rocas y al llegar la noche el cielo se despachó con una tormenta de relámpagos como nunca antes habíamos visto, nos escondimos debajo de una roca y era imposible apoyarnos mutuamente porque estábamos muy asustados. Diego fue el único estoico ante la situación y los insultos de Thor no consiguieron sacarle de su carpa.

Sobre el papel la última etapa era un paseo; remontar un paso de 4.200 metros y luego soltarse en pleno y puro descenso hasta Guandacol, teníamos referencias de grupetas que lo habían realizado sin mayores inconvenientes y en pleno gozo. Sin embargo, en el camino empezaron a aparecer barrizales muy espesos que incluso sacaban la cadena de los platos y que lastimaban la transmisión de las bicicletas. Jose Pacheco intentando meterle potencia al pedaleo para salir esas trampas, dobló la uña del tensor y en atención a esa señal del destino concluimos la etapa y tomamos la situación con calma. Esa noche fue la de año nuevo, por fortuna habíamos logrado perder suficiente altura para que el frío no fuera un problema y pudimos estar hasta pasada la medianoche compartiendo una fogata y un cuarto de whisky nacional con el que brindamos por la vida y por ese momento tan especial.

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El cambio de año no supuso ninguna alteración en las condiciones del camino. Desde el campamento habíamos visto rayos y nubes espesas que se alzaban a lo lejos y que se tradujeron en lluvias sobre la parte alta de la cordillera aumentando el caudal de lodo por la carretera. Con los aprendizajes del día anterior, tomamos todos los pasos riesgosos con suma calma e incluso levantando las bicicletas para no exponerlas a averías. Luego de diez días de pedal y con una última jornada larga de mucho calor llegamos a Guandacol el primero de enero de 2020; habíamos matado el tigre. Atrás quedaron 1.310 kilómetros de altura extrema, radiación solar, frío y soledad, fue un alivio salir de la Puna, pues los riesgos de andar por estos caminos son muy altos. Así mismo la exigencia física y mental del circo de los Seismiles fue muy grande y aunque lo disfrutamos y lo atesoraremos dentro de nuestros recuerdos más especiales, sentíamos la necesidad de descansar y de cerrar ese capítulo. Dicho esto, y envueltos en un júbilo sin precedentes, nos instalamos en el andén frente a una tiendita, juntamos huacales de fruta para que sirvieran como asientos, sintonizamos al Joe y al maestro Varela en el altoparlante y bebimos cerveza y vino hasta perder la cuenta. No era para menos.

En Guandacol nos sentimos a gusto, es un poblado pequeño pero muy acogedor y con vecinos muy amables. Adquirimos sofisticadas pantalonetas de piscina y chanclas de plástico para acomodarnos al verano argentino. Al principio nos acomodamos en una amplia zona de camping donde pudimos lavar las bicicletas y ropas sin causar mayores incomodidades, así como ahorrarnos unos pesos. Sin embargo, el sol de la mañana impactaba a primera hora en nuestras carpas transformándolas en un invernadero donde era imposible dormir y nos obligaba a guarecernos debajo de los árboles, aún con horas de sueño pendientes. Una vez jinetes, caballos, y aperos limpios buscamos asilo en el cómodo hospedaje de Las Jarillas donde teníamos la misión explícita de descansar. Ricardo y Marisa, los dueños del hostal, nos recibieron con suma amabilidad y cariño, nos dieron un tour por su viñedo y nos ilustraron sobre la cultura del vino. Aguardamos por tres días descansando y disfrutando de la piscina hasta que nuestros amigos Hana, Mark y Félix llegaron y tal como lo habíamos pactado, Diego se volvió a fajar sobre las brasas y compartimos una última cena con estos personajes de los cuales aprendimos tanto y con quienes forjamos una bonita amistad.

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Fue difícil zarpar de Guandacol pues estábamos muy cómodos y bien atendidos en la casa de Ricardo y Marisa, además del bajo costo que pagábamos por el hospedaje, más si consideramos la calidad de las instalaciones y de los servicios. Así mismo el sol ardiente de La Rioja no incitaba a tomar la decisión de ensillar las bicicletas. Finalmente partimos hacia el sur encarando largas jornadas de asfalto y altas temperaturas con la mentalidad de devorar kilómetros hasta nuestra siguiente meta volante: la plácida y bella ciudad de Mendoza.

Desde MonteAdentro agradecemos de manera profunda y especial a la señorita Natalia Ramos quien, a través de un pago electrónico, nos invitó a una cena para celebrar el culmen del circuito de los Seismiles. Gracias Nata, salud!

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LOS SEISMILES NORTE

la soledad en bicicleta

“Aquí la tierra es dura y estéril; el cielo está más cerca que en ninguna otra parte y es azul y vacío. No llueve, pero cuando el cielo ruge, su voz es aterradora, implacable, colérica. Sobre esta tierra, en donde es penoso respirar, la gente depende de muchos dioses. Ya no hay aquí hombres extraordinarios y seguramente nunca los habrá jamás. Ahora uno se parece a otro como dos hojas de un mismo árbol y el paisaje es igual al hombre, todo se confunde y va muriendo”

Fuego en Casabindo, Héctor Tizón.

La Puna de Atacama es el remanso más solitario, árido y remoto de la Cordillera de Los Andes. Es un lugar salvaje donde la inmensidad de las montañas, separadas entre sí por desiertos de arena y de sal, se mecen con fuertes ventarrones bajo un cielo azul diáfano formando un paisaje profundo, ocre, interminable y a veces angustiante. La Ruta de los Seismiles es el sueño, y a la vez la pesadilla, de todo ciclista de aventura. Es un itinerario que demanda todo el poder del cuerpo y toda la madurez de la cabeza. La planificación de cada gramo de equipaje y provisiones debe ser meticulosa y la autonomía en las destrezas debe ser contundente. En esta tundra altiplánica el agua aparece cada tercer día y es necesario recargar del orden de 15 litros, siendo preciso respetar religiosamente las porciones y jornadas previamente pactadas. La recompensa de superar la Ruta de los Seismiles es difícil de explicar, pero tiene que ver con experimentar sentimientos de regocijo espiritual al peregrinar por los volcanes más altos de la tierra y establecer nuevos paradigmas frente a nuestras capacidades y umbrales de aguante.

La Ruta de los Seismiles, llamada así porque discurre por un laberinto entre incontables picos de montaña y volcanes de más de seis mil metros de altura, había motivado la visión y la infraestructura de este viaje. Absolutamente todos los días habíamos mencionado su nombre, sobre todo para quebrantar alguna indulgencia pasajera y no perdonarnos flaquezas efímeras. La mayoría del equipo fue adquirido para esta sección del camino. En especial las bicicletas diseñadas para calzar ruedas de 3 pulgadas que tienen mejores prestaciones sobre la arena y un ajuar de bolsas secas y botellas amarradas con correas a las parrillas a cuadros de las bicicletas.

Si bien la ruta empieza en San Pedro de Atacama, Chile, nuestro camino nos había puesto en la vertiente oriental de la Cordillera, al otro lado de Los Andes, en San Antonio de Los Cobres (Argentina). Desde allí pudimos trazar una línea que empataba la ruta en La Mina La Casualidad, la cual se encuentra sobre el 40% del trazado original, a 5 días de camino. En Los Cobres tomamos la decisión de bajar a la ciudad de Salta para buscar algunos repuestos, comida de cocción rápida y realizar diligencias de escritorio. Nos tomamos una semana para descansar el cuerpo, hacer mantenimiento a las bicicletas y planificar el asalto. Alistamos un menú de 2.500 calorías diarias basados principalmente en pasta, avena, puré de papas, dulce de leche y polenta. Adicionalmente cada Rodador llevaba frutos secos, galletas y chocolates para comer durante el día. Partimos de Los Cobres cargados con comida para 15 días; 10 para la ruta propiamente y 5 para la aproximación hasta La Casualidad, pues para los primeros días sólo se divisaba la municipalidad de Tolar Grande donde no teníamos expectativas de encontrar muchos recursos.

El prólogo remontando la precordillera hacia Tolar fue duro. Los pasos de montaña alcanzaban más de 4.500 metros de altura y la pendiente del camino era fuerte. Como nunca habíamos manejado las bicicletas con tanta carga, no podíamos exigirnos prisa en los descensos y todas las maniobras debíamos realizarlas con sumo cuidado. Fueron 4 días de pedal con muy buenas sensaciones. Luego de visitar el Salar de Pocitos y el Desierto del Diablo llegamos a Tolar Grande, un punto de referencia en la puna argentina. Nos sorprendimos al ver una comunidad muy bien cuidada y erigida, posiblemente a causa del nuevo auge minero de la región, que en este caso viene acompañado con una oferta de servicios y recursos. Las referencias que teníamos eran menos prometedoras. Arribamos en plena celebración de la fiesta de la Virgen del Valle y la maestra Teresita, que nos arropo como si fuéramos sus hijos, nos abrió un lugar en un salón de la escuela donde nos acomodamos por una noche. Al día siguiente no teníamos permitido continuar el camino sin participar del almuerzo comunitario en honor a la Virgen, así que a “regañadientes” nos comimos un suculento asado y dos botellas de vino tinto. Pasado el mediodía ensillamos las bicicletas, completamente saciados de comida y bebida, con la misión de cruzar el Salar de Arizaro, el más grande de Argentina. La naturaleza castigaba nuestra modorra con fuertes vientos de frente que hacían imposible pedalear por momentos. La tarde estuvo muy fría y el cielo pintado de tonos magenta, escenario muy especial que fungía como telonero antes de treparnos al escenario principal.

SesimilesNS (6)

Arribamos en la en la Mina de la Casualidad luego de una subida de unos 40 kilómetros, aunque el trecho no representaba gran dificultad nuestras pulsaciones estaban por los cielos producto de la emoción y la ansiedad de adentrarnos la mítica Puna de Atacama. La Mina de a La Casualidad, que por los años de 1.950 fuera la principal productora de azufre en América del Sur y que llegó a tener tres mil habitantes, fue abandonada en 1.977 y desde entonces saqueada hasta nuestros días. Hoy quedan en pie los cimientos de las construcciones desprovistas de puertas, ventanas, techos, tuberías y cualquier material que tenga algún valor así sea en el mercado de la chatarra. En las paredes rezan grafitis con consignas que claman por el recuerdo del pueblo minero que alguna vez existió, los cuales cobran mayor fuerza cuando se respira el olor tenue a azufre que arrulla a La Casualidad. La iglesia es quizás el predio más respetado y sirve como refugio para los ciclistas que se aventuran por estas tierras. La imagen del altar con la Virgen del Valle, un Cristo dibujado con carboncillo, y la bandera albiceleste colgada, está en la memoria de todos los viajeros, pues La Casualidad es un punto de referencia muy importante dentro de navegación de la ruta. A manera de amuleto de la buena suerte y de ofrenda ante los poderes del más allá, entramos en el templo, cada uno oro en su silencio y bajo sus convicciones, Diego se arrancó de su escapulario una imagen de la Virgen del Carmen, patrona de los volantistas, y la ofreció junto a las demás imágenes de santidades latinoamericanas que reposan en el altar.

Una rampa de arena que despide a La Casualidad y que lleva a un alto collado nos daba la bienvenida a la ruta de los Seismiles. Desde allí divisamos el horizonte más infinito que hubiéramos visto, una montaña gris, otra roja, otra amarilla, con salares y desiertos de por medio, y una liniecita tenue que dictaba nuestro rumbo hacia la soledad. Algunos soltamos lágrimas a causa de la emoción y los sentimientos encarnados, pues habíamos soñado por mucho tiempo con este momento y ante tantas vicisitudes y vueltas que da la vida, ahí estábamos los cinco; con las botas bien puestas y con miles de razones y motivos para ir adelante. En esta etapa teníamos previsto alcanzar a la grupeta de Hana Black y Mark Watson, figuras del estado del arte del ciclismo de aventura, que junto al germano Félix Blas progresaban unos kilómetros más adelante. Nos reunimos en el campamento, junto a un farallón de roca arenisca con una plataforma de arena que hacía de balcón frente a un pequeño vallecito. Quien diría que en uno de los lugares más solitarios del globo, íbamos a ser ocho los que compartiendo los mismos ideales nos encontraríamos jugando a los viajes en bicicleta aquel diciembre de 2019.

Rodar en la Puna es una experiencia que no tiene parangón. A pesar de que existe una huella de caminos mineros abandonados, estos son interrumpidos por valles y colinas de arena donde casi siempre hay que empujar la bicicleta. La altura promedio es de 4.200 metros donde el oxígeno escasea y las noches son gélidas, el agua se consigue cada tercer día y no es precisamente abundante ni fresca. Durante el día la temperatura alcanza los 36 grados Celsius y por las noches baja hasta – 8, el comportamiento del viento es errático, impredecible y agresivo; unas veces a favor y otras en contra. Las sensaciones de soledad e inmensidad son magníficas; los cielos son de azul profundo y las noches reventadas de estrellas. Es cómo estar en otro planeta.

La ruta empezaba a mostrarnos esos escollos que le dan su reputación, la segunda etapa de La Ruta nos recibió con una montaña de arena indescifrable en la cual empujamos la bicicleta al menos dos horas. Al día siguiente el paso del volcán Antofalla se ponía sobre los cinco mil metros por un camino muy rocoso difícil de pedalear y varias secciones de desierto crudo nos separaban del lugar de campamento. No hay una tregua diferente en los Seismiles que darle pedal todo el día, frisando los umbrales de aguante corporal y mental, y ejecutando todas las tareas del día con orden y disciplina. De pronto, la configuración mental de los Seismiles se convierte en una especie de un alter ego; el cual fue puesto en un lugar con una misión y por lo tanto hace todo lo correcto y necesario para cumplirla.

Al quinto día llegamos a la casa de la Familia Brea, la única dinastía que ha vivido en esta zona de La Puna. Doña Inés es la única que habita de manera permanente en la Vega, como se les llama a los pequeños oasis de La Puna. Su esposo llegó a esta tierra cuando todavía era un niño y murió hace un par de años. Sus ocho hijos se fueron a la ciudad, los que viven cerca en Antofagasta de la Sierra la visitan un par de veces al mes. Ese día dos de los hijos, Vilo y Patricio, estaban de paso y les sorprendió que fuéramos unos hermanos sudacas los que arribáramos a su casa, pues todos los que habían llegado rodando bicicletas venían de otros continentes. Nuestra cultura cercana y la lengua en común nos brindó confianza mutua y conversamos ampliamente, satisfaciendo sobre todo su curiosidad frente a nuestros motivos de pedalear por esas tierras tan apartadas. A los pocos minutos Vilo apareció con carne de cordero y cerveza y nos brindó un delicioso asado, podíamos ver en sus ojos la satisfacción y buena voluntad de atendernos. A la mañana siguiente, Doña Inés, quien siempre se quitaba el sombrero antes de dirigirnos la palabra como un acto de sumo respeto, nos dejó claro que todo aquel que pase por su casa será siempre bienvenido porque sabe que viene sufriendo y porque esa es una de las formas de honrar la memoria de su esposo quien siempre fue un hombre generoso. La visita a Vega de los Brea significó una revelación para nosotros, ese chorrito de agua en mitad del desierto significa vida, la vida de Doña Inés criando a nueve hijos a punta de un rebaño de llamas y ovejas, a lomo de mula, en la soledad inmensa del desierto. Doña Inés es uno de los seres humano más recios que hemos conocido en la vida, nos inspiró, nos cautivó y esperamos haber aprendido algo de su carácter.

Reconfortados salimos a “full gas” de la Vega de los Brea hasta encontrar un salar sobre el cual habíamos sido advertidos por otros viajeros. “The Boulevard of Broken Culo”, como se le denomina a esta sección de 30 km, hizo honor a su procaz renombre a la vez que los infinitos resaltos y huecos destrozaron nuestras posaderas y tuvimos que buscar campamento antes de lo pronosticado. No pudimos continuar, literalmente, debido al dolor de culo. Ese día hizo un calor infernal. En la noche el viento azotó el campamento y levantó tormentas de arena que parecían humaredas. Hana, Mark y Félix si habían cumplido con su itinerario, pero con el viento tan fuerte solo pudieron armar campamento hasta entrada la noche. Aunque cada equipo rodaba bajo su propia estrategia y recursos, las jornadas habían sido planeadas de manera similar y compartimos bonitos momentos en los campamentos donde pudimos conocer más de nuestras vidas y estrechar lazos de amistad. Así mismo ganábamos confianza en nuestras decisiones y logística al ver que manteníamos un ritmo y progreso similar al de los internacionales. Hana y Mark vienen rodando desde Alaska y Félix desde California, así que tienen mucha más experiencia y criterio que nosotros.

Para el día siguiente se avistaba la etapa reina y empezábamos en desventaja, con 15 kilómetros al debe. El Boulevard nos había destrozado, y amparados en el instinto de supervivencia nos habíamos excedido en el consumo de agua, pero teníamos una chance de salvar los papeles. Sabíamos de una fuente a dos kilómetros fuera de la línea de ruta, lo cual supuso un esfuerzo de más, pero a cambio de agua, ¡de agua! Con los bidones repuestos y algunos minutos a favor, trepamos a buen ritmo un amable puertecillo para luego sumergirnos en la sección conocida como “The Funnel” o El Embudo. Esta piscina de 5 kilómetros de arena suelta y caliente ha sido lo más difícil de todo el viaje. Las bicicletas se enterraban tanto que no era posible moverlas y por momentos tuvimos que ayudarnos entre todos e ir salvándonos de a uno en uno. El calor fue otra vez infernal, estuvimos muy agobiados. De repente, cuando coronamos por fin el “funnel”, avistamos una laguna de color verde esmeralda que se extendía en la profundidad hasta las faldas del fantástico volcán Peinado y las nubes blancas parecían dibujadas con un pincel. Con el silencio llenando un paisaje infinito y ante esa bella expresión de la naturaleza, la sonrisa regresaba a nuestros rictus y un camino afirmado en descenso nos invitaba a ser uno con el universo. Esos momentos mágicos son los que les dan sentido a nuestras decisiones y nos siguen enseñando que las grandes cosas de la vida cuestan y que si se quieren conseguir es necesario esforzarse con honestidad y convicción.

Salir del valle del volcán Peinado, adornado por posos prístinos de agua termal y extensos flujos de lava, se visualizaba como la última gran dificultad así que decidimos atacar de frente. Cocinamos el desayuno la noche anterior y madrugamos más de lo normal, así pudimos ahorrar tiempo y coronamos el último paso de cinco mil metros pasado el mediodía. En el descenso nos fuimos destilando adrenalina, con la mala suerte de rajar una de las cubiertas y someternos por horas a improvisar remiendos con parches, pegamento e hilo y aguja. Por fortuna teníamos tiempo a favor y llegamos temprano al campamento sobre el Lago Parullos donde Hana, Mark y Félix disfrutan de una siesta envidiable. Ya en ese punto podría decirse que estábamos al otro lado y que habíamos salvado la papeleta. Los últimos tres días en los Seismiles fueron de relajo, la comida ingerida y la gasolina quemada habían aligerado la carga, los hitos de mayor dificultad ya habían sido superados, a las malas nos habíamos hecho más fuertes y el mapa señalaba un camino en descenso contundente hasta los 1.500 metros de altura en Fiambalá. Cruzamos por la mitad del cráter del Volcán Cerro Blanco y continuamos hacia las termales de Los Baños donde nos dimos un chapuzón hasta las altas horas acompañados de las estrellas y reflexionando desde la “comodidad” acerca de los días que recién habían pasado. Al día siguiente la carretera se confundía con el cauce del río y pedaleamos dentro del agua por mucho tiempo. Fue muy divertido rodar por el cauce el cual llegaba casi a cubrir las ruedas, de manera impensable las bicicletas se abrían paso sin ningún inconveniente, como unos buques de guerra. Al final del día llegamos cansados y mojados al pueblito de Palo Blanco donde nos instalamos a tomar cerveza y comer pan de navidad hasta que los mosquitos nos obligaron a ser diligentes con la búsqueda de campamento.

SesimilesNS (41)

La última etapa era una especie de paseo triunfal sobre una alfombra de 40 kilómetros de pavimento con pendiente a favor. Rodamos en grupeta compartiendo las últimas golosinas que habían escapado a nuestra rapaz hambre de montaña y hablando de la vida y del futuro. Estábamos muy emocionados y alegres, pues para todo ciclista de aventura, sin importar su condición, la ruta de los Seismiles es una gran pluma para su sombrero y gran historia que se recordará toda la vida y que alimentará la fe en sí mismo. Llegamos a Fiambalá 15 días después de haber salido de San Antonio de los Cobres, luego de 770 km de autonomía y trabajo duro. Nos felicitamos mutuamente con abrazos y elogios, sacamos la foto oficial para el recuerdo y fuimos por un almuerzo poderoso con mucha cerveza roja.

En Fiambalá, pueblo de vientos en lengua Diaguita, nos apostamos por cuatro días en el Camping El Paraíso y tratamos de descansar el cuerpo luego de tal insulto, pero no contábamos con el insoportable calor de verano y con las nubes de mosquitos que asediaban nuestra humanidad. Así las cosas, decidimos apurar el cronograma y partir, o más bien escapar, hacia la “otra mitad de la gloria”, La Ruta de los Seismiles Sur.